Allí estaban, vagos, zalameros. Malignos. Animales demoníacos.
Su misión podía parecer simple, pero desde que había aprendido lo que eran en realidad aquellas criaturas, masacrar a una docena de gatitos ya no le parecía un juego de niños. Pero el Padre Tomás le había encomendado aquella tarea para probar su fe y perseverancia, aquellas criaturas del Diablo, compañeros de brujas, tenían que ser eliminadas antes de poder crecer lo suficiente como para desarrollar sus depravados poderes. Se detuvo a unos veinte metros, no quería alertar a sus presas, con un ligero temblor en sus manos encendió el trapo que salía de dos botellas cargadas de fuego purificador y las arrojó al pequeño patio donde jugaban los gatos.
Comenzó a correr antes siquiera de oír el ruido de las botellas rompiéndose, azuzado por el terror que crecía en su corazón. En cada rincón oscuro le parecía ver unos ojos brillantes o una sombra silenciosa, el Padre Tomás le había advertido de que su misión podría costarle la vida, pero que eso era preferible a ser capturado por sus satánicos adversarios. Sabía que sus pulmones no daban más de sí, que su corazón no soportaría por más tiempo el ritmo que retumbaba en sus sienes y que, cuando cayese exhausto, debería poner fin a su vida con el cuchillo que el Padre Tomás le había dado.
Al girar una estrecha callejuela resbaló en un charco de inmundicias y cayó de bruces, el cuchillo que empuñaba rebotó varias veces contra el asfalto. Se arrastró lo más deprisa que pudo para intentar recogerlo pero sus músculos se congelaron al notar que algo corría sobre su espalda. Con un grácil salto, un gato negro se colocó delante de su cara, mirándole a los ojos. El suave ronroneo del animal acunó su mente, ahora en paz, y cayó en un profundo sueño.
El Padre Tomás esperaba impaciente en la sacristía, hacía ya varias horas que su hombre había salido y aún no había recibido noticias suyas. Se sobresaltó ligeramente cuando llamaron a la puerta, se tomó su tiempo para abrir una rendija, con el cañón de su escopeta apoyado contra la puerta. Sonrió al ver que su nuevo pupilo había regresado sano y salvo. Se disponía a quitar la cadena de la puerta cuando notó algo raro, el rostro de aquel hombre ya no era un cuadro de miedo, angustia e ira. Estaba en paz.
Antes de que pudiese reaccionar, un gato negro saltó al hombro de su pupilo, clavando su mirada en la del asustado sacerdote. Sus músculos se petrificaron mientras su mente se perdía en aquellas dos pupilas impasibles. Comenzó a llorar, pero no eran lágrimas lo que brotaban de sus ojos, si no un líquido negro y viscoso. Poco a poco, aquella ponzoña salió totalmente de los ojos del sacerdote y se concentró en una esfera negra que flotaba en el aire, el gato abrió la boca y engulló la esfera como si la aspirase.
No era común que alguien le debiese la vida a su mascota, pero ese era el caso de Matías. No le había contado a nadie lo sucedido aunque la verdad es que nadie le creería, el Padre Tomás fue encontrado inconsciente en el suelo de la sacristía, aparentemente no era capaz de recordar nada de los dos últimos meses, Matías ahora veía la vida de otra forma, al igual que nunca volvería a ver con los mismo ojos al ser que ahora mismo se lamía tranquilamente la entrepierna sobre su regazo.
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martes, 29 de septiembre de 2009
miércoles, 1 de abril de 2009
Fe
Llevaba varias horas andando sin rumbo, bloqueado sin poder asimilar que su vida se hubiese convertido en el argumento de una mala película. Se levantó de su lujosa cama como ejecutivo de alto nivel y ahora que ya había caido la noche ni siquiera tenía donde ir.
Esquivó por poco una puerta que se abrió delante de sus narices, un breve destello de luz multicolor y música atronadora se escapó mientras un hombre salía trompicones. Se volvió hacia él, la cara congelada en una mueca de rabia, empapada en lágrimas y templada en alcohol.
No dijo nada, sólo un ronco gruñido salió de sus labios y cuando el pobre desgraciado consiguió reaccionar el extraño que acababa de salir de la discoteca desenterraba un enorme cuchillo de su estómago.
- Ya nada importa aquí. El final está cerca. ¡Lo único que puedo hacer es mandar al otro mundo a todos los que pueda!
Vió alejarse a aquel hombre aún en estado de sock, intentó caminar pero le fallaron las piernas Notaba que tenía la camisa empapada a la altura del estómago. Apoyandose en la pared consiguió dar unos cuantos pasos antes de desplomarse junto a un montón de basura.
La conciencia comenzó a abandonarle cuando notó que los desperdicios sobre los que había caído se estaban moviendo.
- ¡EH! ¡EEEEHHH! ¿Quien coño...? Prufffftt ¿Quien coño se me ha tirado encima?
De entre la basura surgió vociferando un hombre cubierto de mugre y harapos, con las facciones desencajadas por el alcohol y un brillo demente en los ojos. Al verle, su sangre mezclándose con un charco negro de inmundicias, el rostro del mendigo se tornó serio, sacudiendose en un instante cualquier atisbo de falta de raciocinio.
- Vaya, lo siento por ti, tío. Por si eres lo bastante estúpido para que te sirva de consuelo, todo tiene una razón de ser. Ahora mismo eso te la sudará, pero esto que te ha pasado tiene cierto sentido si pudieses ver el cuadro completo.
El mendigo se sentó pesadamente, rebuscó entre la basura de su alrededor, sacó un pequeño cuenco y lo llenó en el charco, tomando líquido negro y sangre por igual. Mientras bebía distraidamente continuó hablandole al cuerpo inerte que yacía boca abajo a sus pies.
- Todo es una mierda, la verdad. ¿Sabías que no existe el destino ni ninguna de esas gilipolleces? No. Sólo es cuestión de que tengas la mala suerte de que un puto pirado se cruce contigo por la calle y acabas desangrandote en una pila de mierda. Aunque bueno, hay cosas peores. Oh si, créeme. ¿Sabías que antes los vampiros podían andar por el día tranquilamente? Pues si, hasta que algún gracioso difundió la leyenda que la luz solar les destruye. Al menos ahora solo se les puede matar con estacas y cosas asi, en eso han ganado.
Durante un par de minutos el vagabundo se quedó pensativo, con la vista perdida en el infinito.
- La dictadura de la creencia humana. Si consigues que la inmensa mayoría de los humanos crean en algo, ese algo se hará ten real como tu y yo. Como lo oyes, si ahora mismo fuese una creencia popular que eres inmortal, estarias aqui tan tranquilo bebiendo conmigo, bueno, seguramente estarias en un sitio más agradable, pero entiendes lo que quiero decir.
El mendigo volvió a llenar el cuenco, giró el cuerpo inerte y vertió el líquido en su garganta.
- Aunque la creencia popular también puede darte mucho por el culo, sobre todo cuando una panda de hijos de puta que se supone que son tus amigos cojen unas enseñanzas destinadas a salvar a la humanidad de si misma y se montan con ellas un chiringuito para forrarse, matandote en el proceso. Hay muchas historias como esas, a fin de cuentas la masa de humanos no es más que un rebaño estúpido y manipulable, deseando creerse todo lo que les cuenten.
Saúl abrió los ojos de par en par, notando como poco a poco su cuerpo recuperaba su vitalidad, con el paladar inundado por el fuerte sabor del vino añejo.
- Claro, que los muy cabrones no calcularon bien y como ya te he dicho todo tiene un por qué. Le costó que le cargasen con el muerto, pero uno de ellos me echó un cable de ultima hora y pude volver. Antes creía que algún día su tinglado caería y podria volver a intentarlo, pero en los 60 me di cuenta de que no. Mientras ellos sigan viviendo no dejarán que me cargue su chollo, así que a partir de ahora, discípulo mío, vamos a cargárnoslos.
Esquivó por poco una puerta que se abrió delante de sus narices, un breve destello de luz multicolor y música atronadora se escapó mientras un hombre salía trompicones. Se volvió hacia él, la cara congelada en una mueca de rabia, empapada en lágrimas y templada en alcohol.
No dijo nada, sólo un ronco gruñido salió de sus labios y cuando el pobre desgraciado consiguió reaccionar el extraño que acababa de salir de la discoteca desenterraba un enorme cuchillo de su estómago.
- Ya nada importa aquí. El final está cerca. ¡Lo único que puedo hacer es mandar al otro mundo a todos los que pueda!
Vió alejarse a aquel hombre aún en estado de sock, intentó caminar pero le fallaron las piernas Notaba que tenía la camisa empapada a la altura del estómago. Apoyandose en la pared consiguió dar unos cuantos pasos antes de desplomarse junto a un montón de basura.
La conciencia comenzó a abandonarle cuando notó que los desperdicios sobre los que había caído se estaban moviendo.
- ¡EH! ¡EEEEHHH! ¿Quien coño...? Prufffftt ¿Quien coño se me ha tirado encima?
De entre la basura surgió vociferando un hombre cubierto de mugre y harapos, con las facciones desencajadas por el alcohol y un brillo demente en los ojos. Al verle, su sangre mezclándose con un charco negro de inmundicias, el rostro del mendigo se tornó serio, sacudiendose en un instante cualquier atisbo de falta de raciocinio.
- Vaya, lo siento por ti, tío. Por si eres lo bastante estúpido para que te sirva de consuelo, todo tiene una razón de ser. Ahora mismo eso te la sudará, pero esto que te ha pasado tiene cierto sentido si pudieses ver el cuadro completo.
El mendigo se sentó pesadamente, rebuscó entre la basura de su alrededor, sacó un pequeño cuenco y lo llenó en el charco, tomando líquido negro y sangre por igual. Mientras bebía distraidamente continuó hablandole al cuerpo inerte que yacía boca abajo a sus pies.
- Todo es una mierda, la verdad. ¿Sabías que no existe el destino ni ninguna de esas gilipolleces? No. Sólo es cuestión de que tengas la mala suerte de que un puto pirado se cruce contigo por la calle y acabas desangrandote en una pila de mierda. Aunque bueno, hay cosas peores. Oh si, créeme. ¿Sabías que antes los vampiros podían andar por el día tranquilamente? Pues si, hasta que algún gracioso difundió la leyenda que la luz solar les destruye. Al menos ahora solo se les puede matar con estacas y cosas asi, en eso han ganado.
Durante un par de minutos el vagabundo se quedó pensativo, con la vista perdida en el infinito.
- La dictadura de la creencia humana. Si consigues que la inmensa mayoría de los humanos crean en algo, ese algo se hará ten real como tu y yo. Como lo oyes, si ahora mismo fuese una creencia popular que eres inmortal, estarias aqui tan tranquilo bebiendo conmigo, bueno, seguramente estarias en un sitio más agradable, pero entiendes lo que quiero decir.
El mendigo volvió a llenar el cuenco, giró el cuerpo inerte y vertió el líquido en su garganta.
- Aunque la creencia popular también puede darte mucho por el culo, sobre todo cuando una panda de hijos de puta que se supone que son tus amigos cojen unas enseñanzas destinadas a salvar a la humanidad de si misma y se montan con ellas un chiringuito para forrarse, matandote en el proceso. Hay muchas historias como esas, a fin de cuentas la masa de humanos no es más que un rebaño estúpido y manipulable, deseando creerse todo lo que les cuenten.
Saúl abrió los ojos de par en par, notando como poco a poco su cuerpo recuperaba su vitalidad, con el paladar inundado por el fuerte sabor del vino añejo.
- Claro, que los muy cabrones no calcularon bien y como ya te he dicho todo tiene un por qué. Le costó que le cargasen con el muerto, pero uno de ellos me echó un cable de ultima hora y pude volver. Antes creía que algún día su tinglado caería y podria volver a intentarlo, pero en los 60 me di cuenta de que no. Mientras ellos sigan viviendo no dejarán que me cargue su chollo, así que a partir de ahora, discípulo mío, vamos a cargárnoslos.
lunes, 10 de noviembre de 2008
El Fin de los Tiempos
Una breve bocanada de aire fresco se coló en el abarrotado local al abrirse la puerta. Mientras el oxígeno recién llegado moría en medio de la asfixiante atmósfera, cuatro figuras entraron en la discoteca. Durante unos segundos observaron la gran cantidad de personas que se movían entre la niebla provocada por el tabaco y bajo las coloridas estrellas de neón.
Sonriendo, se dirigieron directamente a uno de los reservados. Dentro, rezando con un rosario entre las manos, un hombre de rostro ceniciento y marcadas ojeras estaba sentado frente a una bebida sin tocar. Los cuatro recién llegados se sentaron ocupando el resto de la mesa y el hombre abrió los ojos, mirándoles con desprecio.
- Hemos oido que estás buscando a alguien - Las palabras salieron murmuradas mientras se encendía un cigarro. El que había hablado era un hombre de complexión delgada, el pelo largo y la cuidada barba enmarcando un pálido rostro.
- Creedme que no trataría con basura como vosotros si no fuese importante - Las palabras del hombre eran apenas siseos, sus nudillos blancos de tanto apretar el rosario entre sus manos.
- Tampoco hace falta ponerse desagradables, creo que hemos empezado con mal pie, me llamo Smith - Con una gran sonrisa, el que parecía el más joven de los cuatro extendió su mano en dirección al taciturno hombre - Nosotros no te hemos hecho nada.
- Vuestra sola existencia es una blasfemia a nuestro Señor - Agazapado como un animal acorralado el hombre miraba contínuamente a los cuatro, bañándolos de ira y rencor.
- Lo que mi compañero trataba de expresar es que, dado que sabemos donde encontrar a esos que tan desesperadamente buscas, quizá deberias cortarte un poco más con tu rollo fanático - La única mujer del grupo, una atractiva rubia de piel tan pálida como sus compañeros, sonrió al hombre de forma tranquilizadora
- ¿SABEIS DONDE ESTAN LOS JINETES? ¿¿ACASO YA HA LLEGADO LA HORA DEL JUICIO FINAL??
El hombre que aún no había hablado, con el pelo corto y una complexíon menos estilizada que la de los otros tres, aplastó una colilla en el cenicero, llamaban la atención sus ropas, casi competamente naranjas - Deberías tener algo más de criterio que creer a pies juntillas un libro que supuestamente se escribió hace dos mil años, ganarías en perspectiva.
- Cierra tu sucia boca, miserable demonio, si los cuatro Jinetes recorren la Tierra, eso significa que el Apocalipsis se acerca.
- ¿Y de donde te sacas eso? ¿Una profecía? Por lo poco que recuerdo también deberían haber aparecido un par de bestias con coronas y ángeles tocando trompetas, ¿no? - El que se había presentado como Smith colocó tres vasos y un botellín de cerveza sobre la mesa mientra hablaba.
- Sabeis perfectamente que no creeré vuestras mentiras. Sólo quereis hacerme dudar para que vuestros amos puedan destruir el mundo.
- ¿Hacerte dudar? Si no recuerdo mal, en aquel cuento los malos hacen migas el mundo mientras los justos y buenos se refugian en una ciudad VIP. Joder con los defensores de la Luz.
- Las señales son claras, el fin se acerca, debo prevenir a los demás. Ahora decidme donde se encuentran los Jinetes para poder eliminarles.
- Joder ¿siempre eres tan agradable? - El hombre del pelo largo tomó un trago de su bebida antes de continuar - ¿De verdad crees que necesitais a alguien para que venga a extender entre vosotros hambre, guerra, enfermedad y muerte?. Vosotros sois los maestros en eso.
- Los pecados de la humanidad atraerán el fin de los tiempos, efectivamente.
- Predicar un mensaje de terror y fanatismo sí que debería ser pecado. La gente como tú es la que convirtió rasgos naturales y positivos como la competitividad, el instinto de alimentación, las patologías que fortalecen a las especies y el ciclo natural de renovación de la vida en guerra, hambre, enfermedad y muerte - Era la chica la que hablaba, pero su enfado se notaba en el rostro de los cuatro.
El hombre, con el rostro rojo de ira, se lanzó a hablar, pero el hombre vestido de naranja le interrumpió - Esa perversión que llevais siglos haciendo es la que os dirigirá a la completa aniquilación, no cuatro heraldos del mal montados a caballo... joder, yo ni siquiera se cabalgar.
De repente, el hombre se quedó pálido y dejó caer el rosario, que se estrelló contra el suelo - Vosotros... vosotros...
- Somos lo que queda de una especie antaño numerosa. Avatares de la propia Naturaleza que, por la perversión de vuestras estupideces, hemos sido casi extinguidos. Nosotros no somos los heraldos del fin de los tiempos, seguramente salimos en vuestra animada profecía porque en el camino que habeis trazado hacia vuestra propia destrucción habeis arrastrado también a los nuestros.
Con el rostro desencajado, el hombre sacó una enorme daga plateada y la sostuvo temblando ante si - Venderé cara mi vida.
- Lo que vas a conseguir - La mujer tocó ligeramente el filo del cuchillo, que rápidamente se oxidó y cubrió de musgo para finalmente deshacerse en un montoncito de polvo - es que te maten si sigues husmeando en cosas que no entiendes. Al final te encontrarás con algún ser de la Oscuridad.
Dejaron al hombre con sus pensamientos y sus lágrimas. La noche aún era joven, y les gustaba mezclarse entre humanos que aún seguían sus instintos.
Sonriendo, se dirigieron directamente a uno de los reservados. Dentro, rezando con un rosario entre las manos, un hombre de rostro ceniciento y marcadas ojeras estaba sentado frente a una bebida sin tocar. Los cuatro recién llegados se sentaron ocupando el resto de la mesa y el hombre abrió los ojos, mirándoles con desprecio.
- Hemos oido que estás buscando a alguien - Las palabras salieron murmuradas mientras se encendía un cigarro. El que había hablado era un hombre de complexión delgada, el pelo largo y la cuidada barba enmarcando un pálido rostro.
- Creedme que no trataría con basura como vosotros si no fuese importante - Las palabras del hombre eran apenas siseos, sus nudillos blancos de tanto apretar el rosario entre sus manos.
- Tampoco hace falta ponerse desagradables, creo que hemos empezado con mal pie, me llamo Smith - Con una gran sonrisa, el que parecía el más joven de los cuatro extendió su mano en dirección al taciturno hombre - Nosotros no te hemos hecho nada.
- Vuestra sola existencia es una blasfemia a nuestro Señor - Agazapado como un animal acorralado el hombre miraba contínuamente a los cuatro, bañándolos de ira y rencor.
- Lo que mi compañero trataba de expresar es que, dado que sabemos donde encontrar a esos que tan desesperadamente buscas, quizá deberias cortarte un poco más con tu rollo fanático - La única mujer del grupo, una atractiva rubia de piel tan pálida como sus compañeros, sonrió al hombre de forma tranquilizadora
- ¿SABEIS DONDE ESTAN LOS JINETES? ¿¿ACASO YA HA LLEGADO LA HORA DEL JUICIO FINAL??
El hombre que aún no había hablado, con el pelo corto y una complexíon menos estilizada que la de los otros tres, aplastó una colilla en el cenicero, llamaban la atención sus ropas, casi competamente naranjas - Deberías tener algo más de criterio que creer a pies juntillas un libro que supuestamente se escribió hace dos mil años, ganarías en perspectiva.
- Cierra tu sucia boca, miserable demonio, si los cuatro Jinetes recorren la Tierra, eso significa que el Apocalipsis se acerca.
- ¿Y de donde te sacas eso? ¿Una profecía? Por lo poco que recuerdo también deberían haber aparecido un par de bestias con coronas y ángeles tocando trompetas, ¿no? - El que se había presentado como Smith colocó tres vasos y un botellín de cerveza sobre la mesa mientra hablaba.
- Sabeis perfectamente que no creeré vuestras mentiras. Sólo quereis hacerme dudar para que vuestros amos puedan destruir el mundo.
- ¿Hacerte dudar? Si no recuerdo mal, en aquel cuento los malos hacen migas el mundo mientras los justos y buenos se refugian en una ciudad VIP. Joder con los defensores de la Luz.
- Las señales son claras, el fin se acerca, debo prevenir a los demás. Ahora decidme donde se encuentran los Jinetes para poder eliminarles.
- Joder ¿siempre eres tan agradable? - El hombre del pelo largo tomó un trago de su bebida antes de continuar - ¿De verdad crees que necesitais a alguien para que venga a extender entre vosotros hambre, guerra, enfermedad y muerte?. Vosotros sois los maestros en eso.
- Los pecados de la humanidad atraerán el fin de los tiempos, efectivamente.
- Predicar un mensaje de terror y fanatismo sí que debería ser pecado. La gente como tú es la que convirtió rasgos naturales y positivos como la competitividad, el instinto de alimentación, las patologías que fortalecen a las especies y el ciclo natural de renovación de la vida en guerra, hambre, enfermedad y muerte - Era la chica la que hablaba, pero su enfado se notaba en el rostro de los cuatro.
El hombre, con el rostro rojo de ira, se lanzó a hablar, pero el hombre vestido de naranja le interrumpió - Esa perversión que llevais siglos haciendo es la que os dirigirá a la completa aniquilación, no cuatro heraldos del mal montados a caballo... joder, yo ni siquiera se cabalgar.
De repente, el hombre se quedó pálido y dejó caer el rosario, que se estrelló contra el suelo - Vosotros... vosotros...
- Somos lo que queda de una especie antaño numerosa. Avatares de la propia Naturaleza que, por la perversión de vuestras estupideces, hemos sido casi extinguidos. Nosotros no somos los heraldos del fin de los tiempos, seguramente salimos en vuestra animada profecía porque en el camino que habeis trazado hacia vuestra propia destrucción habeis arrastrado también a los nuestros.
Con el rostro desencajado, el hombre sacó una enorme daga plateada y la sostuvo temblando ante si - Venderé cara mi vida.
- Lo que vas a conseguir - La mujer tocó ligeramente el filo del cuchillo, que rápidamente se oxidó y cubrió de musgo para finalmente deshacerse en un montoncito de polvo - es que te maten si sigues husmeando en cosas que no entiendes. Al final te encontrarás con algún ser de la Oscuridad.
Dejaron al hombre con sus pensamientos y sus lágrimas. La noche aún era joven, y les gustaba mezclarse entre humanos que aún seguían sus instintos.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Burocracia
Capítulos anteriores:
Primer día
Primer día (continuación)
Muertos que caminan
- Hola de nuevo, hijo, ¿que tal?
Alberto observó con detenimiento a Emeterus, al que no había vuelto a ver desde el día que entró en la agencia. Suponía que tarde o temprano su propensión a desobedecer las órdenes de sus superiores le acabaría causando problemas serios, y este debía ser ese momento.
Bueno, por lo que dicen de ti tus superiores, veo que tienes dificultades para cumplir órdenes. ¿algo que alegar en tu defensa?
- ¿El hecho de que todas esas órdenes provengan de individuos totalmente inútiles sirve como argumento?
- Si lo desarrollas un poco más, quizá...
- Veamos, he participado en una docena de misiones de campo. En todas ellas el jefe del equipo era un individuo con una capacidad nula para el liderazgo, la estrategia y abrir la boca sin soltar estupideces por ella. Si aquellas misiones llegaron a buen término fue porque yo o algún otro miembro del equipo actuamos sin hacer caso al inútil que supuestamente nos dirigía.
- Así que cuestionas mi capacidad para elegir quien lidera los equipos.
- Cuestiono la capacidad para dirigir equipos de los agentes que usted selecciona para ese fin, señor.
- Ja ja ja – Emeterus se puso en pie y caminó por su despacho, deteniendose delante de un tapiz que aparentaba ser tremendamente antiguo – Verás, a veces es necesario enfrentar a las personas a situaciones absurdas para comprobar si serían capaces de sobrevivir a ellas.
- ¿Insinúa que su elección de los agentes más incapaces como líderes de grupo es totalemte intencionada?
Emeterus se mesó su espesa barba y se giró hacia Alberto, su expesión indicaba que estaba pensando como enfocar sus siguientes palabras.
- Digamos que el método de actuación que has seguido hasta ahora satisface al Gobierno, y además sirve como criba para comprobar cuales de los reclutas de la agencia merecen realmente la pena. - Alberto se removió en su sitio y Emeterus alzó la mano en un gesto conciliador, adivinando el motivo de su inquietud – No, no creas que lo que has hecho hasta ahora, ni los compañeros que has perdido han sido en vano. Tus misiones hasta ahora han sido reales, pero digamos que los agentes que pasan la criba se dedican a tareas mas... delicadas.
- ¿Así que voy a ser ascendido a una unidad dedicada a misiones de mayor importancia?
- ¿Ascendido? Ja ja ja. Agente, por su contínuo desprecio a la cadena de mando y su comportamiento indisciplinado, queda usted relegado de sus funciones y destinado a realizar tareas administrativas hasta nueva orden.
La cara de Alberto se contrajo en una mueca de sorpresa, con la mirada clavada en el inexpresivo semblante de Emeterus.
- Reginald, ¿serías tan amable de acompañar al caballero a su nuevo destino?
El apuesto y siempre sonriente ayudante de Emeterus pareció materializarse de la nada y se acercó hacia Alberto.
- Hay un coche esperándonos, sígueme por favor.
Subieron un par de plantas hasta el garaje, que comunicaba con el aparcamiento subterraneo del edificio que servía como tapadera a las dependencias de la agencia. Allí una furgoneta les esperaba con el motor en marcha. Mientras subían Reginald señaló hacia la parte trasera del vehículo.
- Utilizaremos este medio de transporte por las especiales necesidades de su nuevo compañero, Germán. Germán, este es Alberto.
Sentado en la caja de la furgoneta se encontraba un hombre de unos dos metros de alto, con unos rasgos de aspecto rugoso y pelo semejante a hierba.
- Hola.
A Alberto le dió un escalofrío, la voz de aquel ser era rasposa y profunda. Reginald empujó suevemente al sorprendido agente para que terminase de entrar. Cuando todos estuvieron sentados la furgoneta se puso en marcha.
- Bien, una vez hechas las presentaciones os explicare vuestra primera “tarea administrativa” - Reginald sonrió, y Alberto habría jurado que sus ojos habían cambiado de tono por un segundo. - ¿Que sabeis de los Mimos?
Primer día
Primer día (continuación)
Muertos que caminan
- Hola de nuevo, hijo, ¿que tal?
Alberto observó con detenimiento a Emeterus, al que no había vuelto a ver desde el día que entró en la agencia. Suponía que tarde o temprano su propensión a desobedecer las órdenes de sus superiores le acabaría causando problemas serios, y este debía ser ese momento.
Bueno, por lo que dicen de ti tus superiores, veo que tienes dificultades para cumplir órdenes. ¿algo que alegar en tu defensa?
- ¿El hecho de que todas esas órdenes provengan de individuos totalmente inútiles sirve como argumento?
- Si lo desarrollas un poco más, quizá...
- Veamos, he participado en una docena de misiones de campo. En todas ellas el jefe del equipo era un individuo con una capacidad nula para el liderazgo, la estrategia y abrir la boca sin soltar estupideces por ella. Si aquellas misiones llegaron a buen término fue porque yo o algún otro miembro del equipo actuamos sin hacer caso al inútil que supuestamente nos dirigía.
- Así que cuestionas mi capacidad para elegir quien lidera los equipos.
- Cuestiono la capacidad para dirigir equipos de los agentes que usted selecciona para ese fin, señor.
- Ja ja ja – Emeterus se puso en pie y caminó por su despacho, deteniendose delante de un tapiz que aparentaba ser tremendamente antiguo – Verás, a veces es necesario enfrentar a las personas a situaciones absurdas para comprobar si serían capaces de sobrevivir a ellas.
- ¿Insinúa que su elección de los agentes más incapaces como líderes de grupo es totalemte intencionada?
Emeterus se mesó su espesa barba y se giró hacia Alberto, su expesión indicaba que estaba pensando como enfocar sus siguientes palabras.
- Digamos que el método de actuación que has seguido hasta ahora satisface al Gobierno, y además sirve como criba para comprobar cuales de los reclutas de la agencia merecen realmente la pena. - Alberto se removió en su sitio y Emeterus alzó la mano en un gesto conciliador, adivinando el motivo de su inquietud – No, no creas que lo que has hecho hasta ahora, ni los compañeros que has perdido han sido en vano. Tus misiones hasta ahora han sido reales, pero digamos que los agentes que pasan la criba se dedican a tareas mas... delicadas.
- ¿Así que voy a ser ascendido a una unidad dedicada a misiones de mayor importancia?
- ¿Ascendido? Ja ja ja. Agente, por su contínuo desprecio a la cadena de mando y su comportamiento indisciplinado, queda usted relegado de sus funciones y destinado a realizar tareas administrativas hasta nueva orden.
La cara de Alberto se contrajo en una mueca de sorpresa, con la mirada clavada en el inexpresivo semblante de Emeterus.
- Reginald, ¿serías tan amable de acompañar al caballero a su nuevo destino?
El apuesto y siempre sonriente ayudante de Emeterus pareció materializarse de la nada y se acercó hacia Alberto.
- Hay un coche esperándonos, sígueme por favor.
Subieron un par de plantas hasta el garaje, que comunicaba con el aparcamiento subterraneo del edificio que servía como tapadera a las dependencias de la agencia. Allí una furgoneta les esperaba con el motor en marcha. Mientras subían Reginald señaló hacia la parte trasera del vehículo.
- Utilizaremos este medio de transporte por las especiales necesidades de su nuevo compañero, Germán. Germán, este es Alberto.
Sentado en la caja de la furgoneta se encontraba un hombre de unos dos metros de alto, con unos rasgos de aspecto rugoso y pelo semejante a hierba.
- Hola.
A Alberto le dió un escalofrío, la voz de aquel ser era rasposa y profunda. Reginald empujó suevemente al sorprendido agente para que terminase de entrar. Cuando todos estuvieron sentados la furgoneta se puso en marcha.
- Bien, una vez hechas las presentaciones os explicare vuestra primera “tarea administrativa” - Reginald sonrió, y Alberto habría jurado que sus ojos habían cambiado de tono por un segundo. - ¿Que sabeis de los Mimos?
martes, 17 de junio de 2008
Las Tres Esferas
Como ya saben algunos de los lectores asiduos de este blog, últimamente procuro centrarme más en publicar relatos ambientados en un universo unificado. Poco a poco con cada relato iré definiendo más este universo, algunas cosas ya se pueden ver leyendo los cuentos con la etiqueta las tres esferas
Como guía y aclaración encontrareis las descripciones de los seres que pueblan este universo en este Bestiario
Un saludo y gracias por leerme :)
Como guía y aclaración encontrareis las descripciones de los seres que pueblan este universo en este Bestiario
Un saludo y gracias por leerme :)
Muertos que caminan
Capítulos anteriores:
Primer día
Primer día (continuación)
Se movían entre los pinos con mucho cuidado, las agujas secas que cubrían el suelo complicaban este empeño, pero era la única zona por la que podían acercarse al pueblo.
Alberto había pasado tres meses de adiestramiento en esta misteriosa agencia gubernamental que ni siquiera tenía nombre, cada agente se refería como mejor le parecía aunque lo cierto es que lo normal era simplemente no hacerlo. Esta era su primera misión de campo, y parecía sacada del guión de una película de serie b, un pueblo en medio de la nada atacado por zombis, lo tópico e irreal de la situación le hacía sonreír.
Los zombis existían, si. Como la mayor parte de los monstruos sobrenaturales del imaginario popular, aunque también como en la mayoría de los demás seres las supersticiones no eran del todo acertadas. Alberto había estudiado a fondo todos los datos disponibles sobre estas abominaciones, no se trataba de muertos vivientes exactamente, aunque la parte de la infección a través del mordisco de un zombi si que era cierta. Existía por lo visto un tipo de ser de la oscuridad de pequeño tamaño y aspecto insectoide que en estado larvario podía abrirse camino hasta la cavidad craneal de la víctima, devorar el cerebro y tomar control de las funciones sensoriales y motoras del huésped. Así se obtenía un monstruo de movimientos lentos y tambaleantes, inteligencia animal y en estado de descomposición dado que el parásito solo era capaz de mantener el cuerpo durante unos cuantos días. La propagación de la infección está provocada por los huevos que el parásito deposita en la garganta del huésped de los que eclosionan en pocos minutos miles de larvas que aprovechan cualquier herida abierta, como por ejemplo un mordisco, para infectar a su vez a otras víctimas.
Alberto prefería la versión clásica de estos monstruos, no podía dejar de pensar en todas esas larvas minúsculas entrando en su cuerpo y abriéndose camino hasta su cerebro. Un escalofrío ascendió por su columna vertebral al volver a pensar en ello y cuando llegó hasta su cuello explotó iluminando el pinar que estaba viendo. Un hedor insoportable le abrazó revolviendole el estómago, cuando una docena de cuerpos semipodridos se abalanzó hacia ellos. Había visto suficiente, poniendo en práctica lo aprendido sobre sus capacidades premonitorias se concentró en tratar de ver de nuevo el mundo real, desconectando la visión del combate con los zombis. Aún no se había recuperado de la sensación de vértigo que le producía volver de una visión, pero en cuanto se vio capaz de hablar gritó a sus compañeros para que se preparasen.
Cuando los zombis se lanzaran a por el grupo de agentes fueron recibidos con disparos y chorros de una sustancias viscosa y adherente en llamas. Era la única forma de asegurar que ninguna de las pequeñas larvas escapaba, no podrían infectarles por los trajes con los que iban protegidos, pero la agencia no dejaba cabos sueltos.
El pueblo se consumía en un infierno de llamas avivadas por las capacidades de dos de los agentes que le acompañaban. Marcó un número en su teléfono móvil y esperó, cuando oyó que descolgaban dijo simplemente “terminado” y arrojó el terminal a las llamas que ya se extendían voraces por el bosque.
Lejos de ellos, escondido entre unos arbustos, un ser cuyo aspecto recordaba al de un cerdo observaba a los humanos con ojos vidriosos mientras diminutas larvas entraban y salían de su boca y hocico.
Primer día
Primer día (continuación)
Se movían entre los pinos con mucho cuidado, las agujas secas que cubrían el suelo complicaban este empeño, pero era la única zona por la que podían acercarse al pueblo.
Alberto había pasado tres meses de adiestramiento en esta misteriosa agencia gubernamental que ni siquiera tenía nombre, cada agente se refería como mejor le parecía aunque lo cierto es que lo normal era simplemente no hacerlo. Esta era su primera misión de campo, y parecía sacada del guión de una película de serie b, un pueblo en medio de la nada atacado por zombis, lo tópico e irreal de la situación le hacía sonreír.
Los zombis existían, si. Como la mayor parte de los monstruos sobrenaturales del imaginario popular, aunque también como en la mayoría de los demás seres las supersticiones no eran del todo acertadas. Alberto había estudiado a fondo todos los datos disponibles sobre estas abominaciones, no se trataba de muertos vivientes exactamente, aunque la parte de la infección a través del mordisco de un zombi si que era cierta. Existía por lo visto un tipo de ser de la oscuridad de pequeño tamaño y aspecto insectoide que en estado larvario podía abrirse camino hasta la cavidad craneal de la víctima, devorar el cerebro y tomar control de las funciones sensoriales y motoras del huésped. Así se obtenía un monstruo de movimientos lentos y tambaleantes, inteligencia animal y en estado de descomposición dado que el parásito solo era capaz de mantener el cuerpo durante unos cuantos días. La propagación de la infección está provocada por los huevos que el parásito deposita en la garganta del huésped de los que eclosionan en pocos minutos miles de larvas que aprovechan cualquier herida abierta, como por ejemplo un mordisco, para infectar a su vez a otras víctimas.
Alberto prefería la versión clásica de estos monstruos, no podía dejar de pensar en todas esas larvas minúsculas entrando en su cuerpo y abriéndose camino hasta su cerebro. Un escalofrío ascendió por su columna vertebral al volver a pensar en ello y cuando llegó hasta su cuello explotó iluminando el pinar que estaba viendo. Un hedor insoportable le abrazó revolviendole el estómago, cuando una docena de cuerpos semipodridos se abalanzó hacia ellos. Había visto suficiente, poniendo en práctica lo aprendido sobre sus capacidades premonitorias se concentró en tratar de ver de nuevo el mundo real, desconectando la visión del combate con los zombis. Aún no se había recuperado de la sensación de vértigo que le producía volver de una visión, pero en cuanto se vio capaz de hablar gritó a sus compañeros para que se preparasen.
Cuando los zombis se lanzaran a por el grupo de agentes fueron recibidos con disparos y chorros de una sustancias viscosa y adherente en llamas. Era la única forma de asegurar que ninguna de las pequeñas larvas escapaba, no podrían infectarles por los trajes con los que iban protegidos, pero la agencia no dejaba cabos sueltos.
El pueblo se consumía en un infierno de llamas avivadas por las capacidades de dos de los agentes que le acompañaban. Marcó un número en su teléfono móvil y esperó, cuando oyó que descolgaban dijo simplemente “terminado” y arrojó el terminal a las llamas que ya se extendían voraces por el bosque.
Lejos de ellos, escondido entre unos arbustos, un ser cuyo aspecto recordaba al de un cerdo observaba a los humanos con ojos vidriosos mientras diminutas larvas entraban y salían de su boca y hocico.
martes, 3 de junio de 2008
Primer día (continuación)
Capítulos anteriores:
Primer día
Alberto no tenía muy claro que pensar ante esta declaración, por increíble que le pareciese estaba claro que el bicho que había en la habitación contigua golpeando las paredes y cristal blindados no era “normal”, y también estaba el tema de las cosas que había descubierto que era capaz de hacer, tampoco eran “normales”.
Mientras pensaba en todo esto y trataba de apartar la mirada de aquel monstruo deforme, posó la vista sobre Emeterus y se percató de que había rasgos en él que no encajaban con un humano. Su pelo era demasiado tosco, asemejándose más a fibras vegetales que a cabellos, el tono de la piel era indefiniblemente extraño y en sus ojos había algo inquietante que no alcanzaba a discernir.
Apartó la vista y reparó por primera vez en el hombre que acompañaba a Emeterus, una mole de algo más de dos metros. No le dio tiempo a sorprenderse por su apariencia, descaradamente inhumana, porque en ese mismo instante la escena se desdibujó y sintió una sensación de vértigo que ya empezaba a hacerse habitual.
Abrió de nuevo los ojos y toda la sala parecía iluminada por una potente luz blanca, matizándose las formas tan solo con sombras grises y violetas. Observó como el monstruo contenido en la habitación contigua golpeaba salvajemente el cristal, vio como éste se hacia añicos y justo antes de que el enorme puño de la criatura impactase en la cara de Emeterus, volvió a oír voces y a sentir sus latidos retumbar en sus oídos.
No era la primera vez que le pasaba, y estaba preparado. Abrió los ojos para ver de nuevo la misma escena, esta vez con una coloración normal y con sonido. Mientras el monstruo destrozaba el cristal Alberto alzó su arma y descargó un disparo tras otro sobre su cabeza, sólo para comprobar que las balas no parecían afectarle lo mas mínimo. La bestia descargó un puñetazo contra Emeterus, el cual para asombro de Alberto detuvo el golpe con una sola mano, retorciendo de forma imposible el brazo de la criatura que sonó como un tronco seco tronzándose. El gorila que se encontraba al lado de Emeterus saltó sobre la espalda del troll y sujetando la cabeza del monstruo con ambas manos la retorció salvajemente, resonando el crujido en toda la sala mientras el cuerpo de la criatura se desplomaba.
Emeterus se acercó a el mientras se sacudía algunos trozos de cristal de su traje.
- Premoniciones. Una capacidad muy interesante y muy útil. Comprobarás que con algo de entrenamiento la precisión, duración y anticipación de tus visiones aumentará de forma espectacular. Reginald te enseñará esto y te acompañará a tu habitación. Bienvenido a bordo.
El nuevo agente acababa de salir por la puerta, con la sorpresa en su cara y un millón de dudas en la cabeza. Ah, la juventud, la inocencia, como añoraba todo eso Emeterus, siempre que llegaba uno de esos jóvenes muchachos los años parecían subirse a sus espaldas, pesándole como plomo.
El cuerpo del troll comenzó a moverse ligeramente.
- Marco, llévate a ese a una celda de contención, una de las de verdad. Después informa al enlace gubernamental de que el espécimen ha resultado ser demasiado peligroso y ha sido incinerado.
Como toneladas de plomo...
Primer día
Alberto no tenía muy claro que pensar ante esta declaración, por increíble que le pareciese estaba claro que el bicho que había en la habitación contigua golpeando las paredes y cristal blindados no era “normal”, y también estaba el tema de las cosas que había descubierto que era capaz de hacer, tampoco eran “normales”.
Mientras pensaba en todo esto y trataba de apartar la mirada de aquel monstruo deforme, posó la vista sobre Emeterus y se percató de que había rasgos en él que no encajaban con un humano. Su pelo era demasiado tosco, asemejándose más a fibras vegetales que a cabellos, el tono de la piel era indefiniblemente extraño y en sus ojos había algo inquietante que no alcanzaba a discernir.
Apartó la vista y reparó por primera vez en el hombre que acompañaba a Emeterus, una mole de algo más de dos metros. No le dio tiempo a sorprenderse por su apariencia, descaradamente inhumana, porque en ese mismo instante la escena se desdibujó y sintió una sensación de vértigo que ya empezaba a hacerse habitual.
Abrió de nuevo los ojos y toda la sala parecía iluminada por una potente luz blanca, matizándose las formas tan solo con sombras grises y violetas. Observó como el monstruo contenido en la habitación contigua golpeaba salvajemente el cristal, vio como éste se hacia añicos y justo antes de que el enorme puño de la criatura impactase en la cara de Emeterus, volvió a oír voces y a sentir sus latidos retumbar en sus oídos.
No era la primera vez que le pasaba, y estaba preparado. Abrió los ojos para ver de nuevo la misma escena, esta vez con una coloración normal y con sonido. Mientras el monstruo destrozaba el cristal Alberto alzó su arma y descargó un disparo tras otro sobre su cabeza, sólo para comprobar que las balas no parecían afectarle lo mas mínimo. La bestia descargó un puñetazo contra Emeterus, el cual para asombro de Alberto detuvo el golpe con una sola mano, retorciendo de forma imposible el brazo de la criatura que sonó como un tronco seco tronzándose. El gorila que se encontraba al lado de Emeterus saltó sobre la espalda del troll y sujetando la cabeza del monstruo con ambas manos la retorció salvajemente, resonando el crujido en toda la sala mientras el cuerpo de la criatura se desplomaba.
Emeterus se acercó a el mientras se sacudía algunos trozos de cristal de su traje.
- Premoniciones. Una capacidad muy interesante y muy útil. Comprobarás que con algo de entrenamiento la precisión, duración y anticipación de tus visiones aumentará de forma espectacular. Reginald te enseñará esto y te acompañará a tu habitación. Bienvenido a bordo.
El nuevo agente acababa de salir por la puerta, con la sorpresa en su cara y un millón de dudas en la cabeza. Ah, la juventud, la inocencia, como añoraba todo eso Emeterus, siempre que llegaba uno de esos jóvenes muchachos los años parecían subirse a sus espaldas, pesándole como plomo.
El cuerpo del troll comenzó a moverse ligeramente.
- Marco, llévate a ese a una celda de contención, una de las de verdad. Después informa al enlace gubernamental de que el espécimen ha resultado ser demasiado peligroso y ha sido incinerado.
Como toneladas de plomo...
miércoles, 21 de mayo de 2008
Primer día
Mientras el taxi se marchaba miraba confuso el trozo de papel donde había apuntado la dirección donde debía presentarse para su nuevo puesto. Sabía que la había cagado en su última misión, no entendía que le había pasado pero lo que importaba era que había mandado a la mierda una operación que el departamento de Inteligencia del Gobierno llevaba preparando un año.
Aún así esto le parecía excesivo, frente a él un edificio destartalado y mugriento se elevaba apenas cuatro plantas. Un cartel oxidado al lado de la puerta indicaba que se trataba de la Subdelegación del Gobierno para el control de animales y plantas perjudiciales. Era una tapadera, por supuesto, pero aquello era demasiado cutre, este destino era un castigo, sin duda.
Atravesó la puerta, que colgaba pesadamente de unas bisagras llenas de óxido y suciedad. El olor a humedad que se respiraba dentro encajaba perfectamente con el descuidado vestíbulo, al fondo del cual había una mesa en la que se podía leer RECEPCIÓN. La mujer que se sentaba en la mesa, que le pereció una severa institutriz solterona y amargada de unos doscientos años, le atravesó con una mirada de desprecio que paralizaba hasta el corazón. Avanzó con dificultad hasta ella y consiguió hablar con un hilo de voz.
- So... soy Alberto Hinojosa, te... tengo una cita con...
Miró el trozo de papel, pero no podía leer nada de lo que le temblaba la mano. Sin apartar ni un momento su aterradora mirada de él, la recepcionista señaló el ascensor a su izquierda.
- Sótano dos.
La voz de la mujer sonaba como un tenedor arañando una pizarra, Alberto sentía una presión insoportable en el pecho y se dirigió casi corriendo al ascensor, entró notando esos dos ojos clavándose en su espalda y pulsó nervioso el botón del sótano dos. Mientras bajaba la presión se fue relajando y para cuando las puertas se volvían a abrir estaba casi riéndose de la absurda paranoia que le había entrado arriba, los nervios se dijo.
Al abrirse las puertas un sonriente joven de veintipocos años le estaba esperando.
- Usted debe ser Alberto ¿no? ¡Genial! Si es tan amable de acompañarme iremos a ver al señor Emeterio inmediatamente. Le envía por adelantado sus disculpas, ha surgido un asunto urgente y no le recibirá en su despacho.
Caminaron por un largo pasillo, el joven tenía una conversación agradable y Alberto no se percató de que el pasillo que recorrían era mucho más largo que el tamaño del edificio de arriba. Finalmente llegaron a una puerta metálica de doble hoja tan desvencijada como todo lo demás y que sólo se identificaba por un desgastado número pintado sobre ella. Distraidamente y sin parar de hablar sobre la lluviosa primavera que estaba haciendo, el joven apoyó la mano en un punto de la pared, un breve brillo recorrió la mano y la puerta se abrió, dando paso a una pequeña sala forrada de acero con otra puerta al fondo, esta con un aspecto mucho más moderno.
Entraron en la sala y la primera puerta se cerró sin hacer ningún ruido, Alberto se dio cuenta de que por dentro parecía igual a la otra y que su grosor era de al menos medio metro. La segunda puerta se abrió sola y un brutal gruñido seguido del estruendo de enormes golpes le sobrecogió.
- No tenga miedo, todo está bajo control.
Ahora estaban en una sala mucho más grande, forrada completamente de acero y con un gran ventanal al fondo por el que estaban mirando dos hombres. Uno de ellos, de cabello largo y poco cuidado, se giró cuando entraron.
- Vaya, tu debes ser Alberto ¿no? Te estabamos esperando, te ruego que me disculpes por recibirte aquí, pero hemos tenido que atender un... imprevisto.
El hombre, que aparentaba unos cuarenta años y se movía de forma elegante señaló hacia el ventanal donde, para sorpresa de Alberto, un ser de unos tres metros, de aspecto deforme, unos brazos desmesuradamente grandes y una piel de aspecto similar a la corteza de un árbol verde golpeaba brutalmente las paredes mientras gritaba con una potencia sobrehumana.
- Bien, no nos vamos a andar con rodeos, mi nombre es Emeterus. Estás aquí porque últimamente has desarrollado ciertas... habilidades y, por si te lo preguntas, eso de ahí dentro es un troll.
Aún así esto le parecía excesivo, frente a él un edificio destartalado y mugriento se elevaba apenas cuatro plantas. Un cartel oxidado al lado de la puerta indicaba que se trataba de la Subdelegación del Gobierno para el control de animales y plantas perjudiciales. Era una tapadera, por supuesto, pero aquello era demasiado cutre, este destino era un castigo, sin duda.
Atravesó la puerta, que colgaba pesadamente de unas bisagras llenas de óxido y suciedad. El olor a humedad que se respiraba dentro encajaba perfectamente con el descuidado vestíbulo, al fondo del cual había una mesa en la que se podía leer RECEPCIÓN. La mujer que se sentaba en la mesa, que le pereció una severa institutriz solterona y amargada de unos doscientos años, le atravesó con una mirada de desprecio que paralizaba hasta el corazón. Avanzó con dificultad hasta ella y consiguió hablar con un hilo de voz.
- So... soy Alberto Hinojosa, te... tengo una cita con...
Miró el trozo de papel, pero no podía leer nada de lo que le temblaba la mano. Sin apartar ni un momento su aterradora mirada de él, la recepcionista señaló el ascensor a su izquierda.
- Sótano dos.
La voz de la mujer sonaba como un tenedor arañando una pizarra, Alberto sentía una presión insoportable en el pecho y se dirigió casi corriendo al ascensor, entró notando esos dos ojos clavándose en su espalda y pulsó nervioso el botón del sótano dos. Mientras bajaba la presión se fue relajando y para cuando las puertas se volvían a abrir estaba casi riéndose de la absurda paranoia que le había entrado arriba, los nervios se dijo.
Al abrirse las puertas un sonriente joven de veintipocos años le estaba esperando.
- Usted debe ser Alberto ¿no? ¡Genial! Si es tan amable de acompañarme iremos a ver al señor Emeterio inmediatamente. Le envía por adelantado sus disculpas, ha surgido un asunto urgente y no le recibirá en su despacho.
Caminaron por un largo pasillo, el joven tenía una conversación agradable y Alberto no se percató de que el pasillo que recorrían era mucho más largo que el tamaño del edificio de arriba. Finalmente llegaron a una puerta metálica de doble hoja tan desvencijada como todo lo demás y que sólo se identificaba por un desgastado número pintado sobre ella. Distraidamente y sin parar de hablar sobre la lluviosa primavera que estaba haciendo, el joven apoyó la mano en un punto de la pared, un breve brillo recorrió la mano y la puerta se abrió, dando paso a una pequeña sala forrada de acero con otra puerta al fondo, esta con un aspecto mucho más moderno.
Entraron en la sala y la primera puerta se cerró sin hacer ningún ruido, Alberto se dio cuenta de que por dentro parecía igual a la otra y que su grosor era de al menos medio metro. La segunda puerta se abrió sola y un brutal gruñido seguido del estruendo de enormes golpes le sobrecogió.
- No tenga miedo, todo está bajo control.
Ahora estaban en una sala mucho más grande, forrada completamente de acero y con un gran ventanal al fondo por el que estaban mirando dos hombres. Uno de ellos, de cabello largo y poco cuidado, se giró cuando entraron.
- Vaya, tu debes ser Alberto ¿no? Te estabamos esperando, te ruego que me disculpes por recibirte aquí, pero hemos tenido que atender un... imprevisto.
El hombre, que aparentaba unos cuarenta años y se movía de forma elegante señaló hacia el ventanal donde, para sorpresa de Alberto, un ser de unos tres metros, de aspecto deforme, unos brazos desmesuradamente grandes y una piel de aspecto similar a la corteza de un árbol verde golpeaba brutalmente las paredes mientras gritaba con una potencia sobrehumana.
- Bien, no nos vamos a andar con rodeos, mi nombre es Emeterus. Estás aquí porque últimamente has desarrollado ciertas... habilidades y, por si te lo preguntas, eso de ahí dentro es un troll.
lunes, 5 de mayo de 2008
Herencia
Capítulos anteriores:
Renacimiento
Comienza la caza
Instinto
Traiciones
Historias
Ninguno de los nueve seres que se encontraba en el amplio salón era humano, así que aunque Sandra adaptó sus sentidos a la velocidad sobrehumana a la que se movía, le dió la sensación de que no lo había hecho, con los deformes poseídos, su maestro y los amigos de éste moviendose a la misma velocidad que ella. Se corrigió, todos menos Escofel, el guardián se movía sensiblemente más rápido que todos los demás y con una gracilidad asombrosa.
Con un fluído movimiento golpeó a ambos lados y completó la complicada filigrana atravesando la garganta del poseído que tenía justo delante, mientras las cabezas de los que intentaban atacarle por los flancos caían a camara lenta. En un solo movimiento sacó la espada en llamas del cadáver y golpeó con el codo al poseído que saltaba sobre su espalda, cuya cabeza sonó como un coco al romperse.
- Demasiado fácil
Escofel no había terminado de decir estas palabras, decapitando distraidamente al poseido que aún intentaba levantarse del suelo tras el impacto de la puerta, cuando sintieron como toda la estructura del edificio vibraba. Antes de que Sandra pudiese reccionar, Kirenel la agarró con fuerza y se elevó desplegando sus alas de luz, en tanto que la sanadora hacía lo propio extendiendo un par de elegantes alas blancas. Mientras atravesaban el techo y ascendían a toda velocidad, la vibración de la estructura desembocó en una brutal explosión que engulló el edificio. Sandra pudo ver como Escofel trataba de ascender, pero varios seres como los que acababa de eliminar saltaban sobre el impidiendoselo y desapareciendo todos en medio de la conflagración.
Contuvo el aliento.
- Escofel...
- Tranquila jovencita, hace falta mucho más que eso para acabar con un Cataphractoi. Ahora debemos preocuparnos de cómo nos han encontrado esos miserables y cómo es posible que hallan burlado las defensas de T'ann.
Ambos dirigieron su vista hacia la sanadora que volaba cerca de ellos con expresion pensativa y preocupada. Comenzó a hablar pero las palabras murieron en su boca al mismo tiempo que los tres miraban hacia abajo, donde una nube de seres, que se podrían describir como una cabeza humana de enormes colmillos con grandes alas de insecto a cada lado, se acercaba a ellos desde las llamas de la explosión. Atravesando la maraña de abominaciones Sandra vio ascender una figura de color metálico, que se dirigia a ellos a toda velocidad. Cuando emergió del enjambre reconoció la figura de Escofel, aunque ahora su piel y alas tenían aspecto metálico, brillando como si fuesen de acero pulido.
El Cataphractoi golpeaba frenéticamente y las cabezas caían envueltas en llamas por docenas . Algunas intentaban morderle, pero su piel no parecía ser metálica solo en aspecto y los negros colmillos no llegaban a mellarla siquiera. Unos pocos de aquellos seres esquivaron a Escofel y se dirigieron hacia ellos tres; sujetando a Sandra con una sola mano Kirenel sacó un desmadejado cordón de unos dos metros y lo extendió mientras comenzaba a brillar, el látigo de luz restallaba y con cada golpe una cabeza caía hacia las llamas que se extendían por el miserable barrio como si las casas fuesen de papel.
Una sola abominación superó el alcance del látigo del Moloqai y se abalanzó sobre el mordiendo salvajemente el brazo con el que sujetaba a Sandra.
Comenzó a caer, pasando al lado de Escofel, que destruía las últimas cabezas que quedaban. Kirenel golpeó a la abominación que tenia las mandíbulas apresando su antebrazo, haciendo añicos el cráneo de la criatura. Se lanzó en pos de su pupila, temiendo que no estuviese preparada para desplegar sus alas.
Sandra vió en la orilla de un pequeño canal que había actuado como cortafuegos a un hombre que contemplaba la escena y deseó poder estar viendolo todo desde una posición tan cómoda. Notó un fogonazo bajo ella y se golpeó dolorosamente contra el asfalto, a escasos metros de aquel hombre. Naraal dejó al muchacho inconsciente que llevaba en brazos en el suelo y se acercó sonriente a Sandra, agachandose junto a ella.
- ¿Se puede saber cómo demonios has hecho eso?
Renacimiento
Comienza la caza
Instinto
Traiciones
Historias
Ninguno de los nueve seres que se encontraba en el amplio salón era humano, así que aunque Sandra adaptó sus sentidos a la velocidad sobrehumana a la que se movía, le dió la sensación de que no lo había hecho, con los deformes poseídos, su maestro y los amigos de éste moviendose a la misma velocidad que ella. Se corrigió, todos menos Escofel, el guardián se movía sensiblemente más rápido que todos los demás y con una gracilidad asombrosa.
Con un fluído movimiento golpeó a ambos lados y completó la complicada filigrana atravesando la garganta del poseído que tenía justo delante, mientras las cabezas de los que intentaban atacarle por los flancos caían a camara lenta. En un solo movimiento sacó la espada en llamas del cadáver y golpeó con el codo al poseído que saltaba sobre su espalda, cuya cabeza sonó como un coco al romperse.
- Demasiado fácil
Escofel no había terminado de decir estas palabras, decapitando distraidamente al poseido que aún intentaba levantarse del suelo tras el impacto de la puerta, cuando sintieron como toda la estructura del edificio vibraba. Antes de que Sandra pudiese reccionar, Kirenel la agarró con fuerza y se elevó desplegando sus alas de luz, en tanto que la sanadora hacía lo propio extendiendo un par de elegantes alas blancas. Mientras atravesaban el techo y ascendían a toda velocidad, la vibración de la estructura desembocó en una brutal explosión que engulló el edificio. Sandra pudo ver como Escofel trataba de ascender, pero varios seres como los que acababa de eliminar saltaban sobre el impidiendoselo y desapareciendo todos en medio de la conflagración.
Contuvo el aliento.
- Escofel...
- Tranquila jovencita, hace falta mucho más que eso para acabar con un Cataphractoi. Ahora debemos preocuparnos de cómo nos han encontrado esos miserables y cómo es posible que hallan burlado las defensas de T'ann.
Ambos dirigieron su vista hacia la sanadora que volaba cerca de ellos con expresion pensativa y preocupada. Comenzó a hablar pero las palabras murieron en su boca al mismo tiempo que los tres miraban hacia abajo, donde una nube de seres, que se podrían describir como una cabeza humana de enormes colmillos con grandes alas de insecto a cada lado, se acercaba a ellos desde las llamas de la explosión. Atravesando la maraña de abominaciones Sandra vio ascender una figura de color metálico, que se dirigia a ellos a toda velocidad. Cuando emergió del enjambre reconoció la figura de Escofel, aunque ahora su piel y alas tenían aspecto metálico, brillando como si fuesen de acero pulido.
El Cataphractoi golpeaba frenéticamente y las cabezas caían envueltas en llamas por docenas . Algunas intentaban morderle, pero su piel no parecía ser metálica solo en aspecto y los negros colmillos no llegaban a mellarla siquiera. Unos pocos de aquellos seres esquivaron a Escofel y se dirigieron hacia ellos tres; sujetando a Sandra con una sola mano Kirenel sacó un desmadejado cordón de unos dos metros y lo extendió mientras comenzaba a brillar, el látigo de luz restallaba y con cada golpe una cabeza caía hacia las llamas que se extendían por el miserable barrio como si las casas fuesen de papel.
Una sola abominación superó el alcance del látigo del Moloqai y se abalanzó sobre el mordiendo salvajemente el brazo con el que sujetaba a Sandra.
Comenzó a caer, pasando al lado de Escofel, que destruía las últimas cabezas que quedaban. Kirenel golpeó a la abominación que tenia las mandíbulas apresando su antebrazo, haciendo añicos el cráneo de la criatura. Se lanzó en pos de su pupila, temiendo que no estuviese preparada para desplegar sus alas.
Sandra vió en la orilla de un pequeño canal que había actuado como cortafuegos a un hombre que contemplaba la escena y deseó poder estar viendolo todo desde una posición tan cómoda. Notó un fogonazo bajo ella y se golpeó dolorosamente contra el asfalto, a escasos metros de aquel hombre. Naraal dejó al muchacho inconsciente que llevaba en brazos en el suelo y se acercó sonriente a Sandra, agachandose junto a ella.
- ¿Se puede saber cómo demonios has hecho eso?
lunes, 7 de abril de 2008
Historias
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Renacimiento
Comienza la caza
Instinto
Traiciones
Llevaban ya una media hora en el coche. Kirenel no le había dicho a dónde iban, pero a esas horas el centro de la ciudad era un caos fueses a donde fueses. Llegaron a una barriada marginal, la pobreza de sus habitantes contrastaba con los elegantes coches de los narcotraficantes.
Aparcaron junto a un edificio construido con ladrillos de miseria y desesperanza como argamasa, como todos los de ese barrio, y continuaron a pie, el coche que habían tomado prestado era lo bastante viejo como para pasar desapercibido en aquel entorno.
Tras recorrer un par de calles angostas y malolientes entraron en un portal con las paredes repletas de grafittis y el suelo de basura, jeringuillas e ilusiones. Nada más entrar les salió al paso un hombre de aspecto corpulento y cara de pocos amigos. Tenía la cabeza rapada y el cuello cubierto de tatuajes, pero no se podía ver más por la capa que cubría su cuerpo de los hombros hasta cerca de los tobillos. Semejante atuendo desentonaba enormemente en lo que parecía un pandillero, sobre todo porque parecía hecha de plumón negro. Kirenel levanto la mano con la palma en dirección al desconocido.
- Hola, Escofel, cuanto tiempo.
Sacando un brazo, cubierto también de tatuajes, por una abertura de su capa Escofel imitó el gesto.
- Hola Kirenel, hacía mucho que no te veíamos por aquí, ¿que te trae a nuestra puerta?
Kirenel señaló a Sandra con su pulgar derecho
- Está herida, necesitamos ver a T'anncrel.
El guardián pareció reparar en la joven por primera vez y durante unos segundos angustiosamente silenciosos la taladró con sus fríos ojos azules.
- Subid
Ascendieron dos pisos por una ruinosa escalera que apenas merecía ese nombre y llegaron ante una puerta que daba la sensación de ser más fácil de derribar que de abrir. Leyendo en la expresión de Sandra su opinión sobre la puerta, Kirenel sonrió y descargó un brutal puñetazo sobre la puerta. Un golpe así habría bastado para demoler todo aquel cuchitril, pero la puerta ni siquiera se movió un poco.
- No todo es lo que parece, pequeña.
Colocó la palma de su mano sobre la puerta y murmuró unas palabras. Su mano brilló brevemente y la puerta se abrió sin emitir ningún sonido. Entraron en una pequeña casa repleta de objetos y muebles de estilo árabe y una voz les llegó desde una habitación del fondo.
- Kirenel, ¿siempre tienes que intentar derribar mi puerta para impresionar a quien traes? Algún día la romperás y tendrás que ponerme otra.
Una mujer de unos cuarenta años de rasgos atractivos atravesó la puerta sonriendo, llevaba una capa de plumón similar a la del que les había recibido en la puerta, pero blancas como la nieve.
- T'anncrel, sabes que no podría aunque quisiera...
Se abrazaron efusivamente y ella dio un paso atrás, observando al moloqai
- Hacía un siglo que no nos veíamos, veo que te conservas bastante bien.
- Hago lo que puedo, dieta sana, un poco de ejercicio...
Ambos rieron brevemente, en el poco tiempo que llevaba con su maestro, Sandra no le había visto nunca tan alegre y distendido, se notaba que conocía a aquella hermosa mujer desde hacía mucho tiempo. Se sobresaltó un poco cuando en ese mismo momento la mujer miró directamente hacia ella.
- ¿No me presentas a tu amiga? Parece un poco joven para tí...
- Es una de ellos, T'ann, lo conseguí, les encontré.
El gesto de la mujer se volvió completamente serio y volvió a mirar hacia Sandra mucho más intensamente, hasta el punto de que se sintió desnuda ante el minucioso escrutinio.
- Increíble... Así que al final lo lograste...
La expresión de la mujer cambió de nuevo radicalmente, mostrando ahora una honda ternura.
- ¡Pero si estas herida! Ven conmigo cariño, nos ocuparemos de eso inmediatamente.
Pasaron a la habitación del fondo y T'anncrel le indicó que se quitase la camiseta y se tumbase en una camilla. La sanadora observó la herida, que tenia un aspecto purulento y malsano.
- Este mordisco ya habría matado a un humano, sin duda eres fuerte, como lo eran todos los moloqai
Las últimas palabras las pronunció con melancolía, pero agitó brevemente la cabeza para salir de su ensimismamiento. Colocó junto a la camilla una mesita con varios útiles quirúrgicos de plata y algunos cuencos con ungüentos de diversos aspectos.
- Supongo que pensarías que iba a colocar mis manos sobre la herida y que ésta sanaría ¿no? Eso, por desgracia, solo es un mito. Tranquila, yo me encargaré de que no te duela. Quizá te apetezca oír una historia mientras tanto ¿eh?
Sandra asintió, prefería distraerse de todos esos objetos afilados, no creía que esta gente utilizase anestesia.
- ¡Estupendo! Te contaré entonces lo que sucedió después de que los Un-Mann separasen el mundo en tres esferas para acabar con la guerra...
"Cuando la noticia del asesinato de los moloqai llegó a los dirigentes de los Un-Mann, estos decidieron llevar a cabo su plan de emergencia, conscientes de que la guerra se volvería a estancar y el mundo jamás conocería la paz.
Utilizando sus conocimientos sobre el viaje entre mundos, habían modificado las enormes edificaciones que utilizaban para viajar, de forma que al activarlas todas a la vez dividieron este mundo, separando la luz y la oscuridad de él. En ese momento, tanto los seres de la luz como los servidores de las tinieblas fuimos arrastrados a esas esferas paralelas, por lo que realmente ignoramos qué sucedió después.
Tardamos siglos en encontrar los portales y aprender a utilizarlos. Y cuando fuimos a cruzarlos nos topamos con los Guardianes, algunos de los más poderosos Un-Mann que se habían quedado en el espacio que unía las tres esferas para actuar como centinelas.
Para nuestra sorpresa no nos impidieron el paso, sino que solicitaron que enviásemos unos pocos representantes para una reunión. Acudimos y también estaba presente una pequeña delegación de las tinieblas. Los Guardianes nos dijeron que algo había afectado a los suyos, algo a lo que llamaban las Plagas, y que su pueblo había degenerado y agonizaba. Creían que era necesario que algo de luz y oscuridad se filtrase a través de los portales para detener aquel proceso degenerativo. A cambio, nos ofrecieron la posibilidad de utilizar aquellos portales para viajar entre las esferas con algunas condiciones. No estaría permitido reanudar la guerra a ninguna escala y los nuestros sólo podrían pasar una cantidad limitada de tiempo en este mundo.
Aceptamos y cuando los primeros de nosotros cruzamos los portales nos encontramos con un mundo asolado, poblado por humanos, tristes sombras de los poderosos y orgullosos Un-Mann.
Comprendimos que íbamos a necesitar mucho más tiempo que el breve lapso que se nos permitía permanecer en esta esfera. Finalmente y tras arduas negociaciones, accedieron, aunque el precio era no no poder regresar jamás a nuestra esfera. Como puedes ver, aceptamos"
La mujer sonrió y terminó de colocar el vendaje sobre el hombro de Sandra.
- Bueno, esto ya está. Procura no hacer ningún movimiento brusco durante un par de días
Sandra no salía de su asombro, ni siquiera había notado que T'anncrel se estuviese moviendo. Iba a preguntar, cuando notó que tanto la sanadora como su maestro se ponían en tensión mirando hacia la puerta. Expandió sus sentidos y notó la amenaza justo un instante antes de que seis hombres de aspecto deforme se materializasen en medio de la sala. Les faltaba la mandíbula y de su garganta surgía un asqueroso apéndice parecido a una serpiente rosada que acababa en una abertura coronada de afilados colmillos que rezumaban una sustancia negra y viscosa.
Antes de que ninguno de los presentes pudiese reaccionar, la puerta salió volando hacia el interior de la casa, seccionándole la cabeza a uno de los seres y tumbando a otro. Escofel atravesó el umbral, desplegando su capa en dos grandes alas negras y dejando ver un torso cubierto de tatuajes y la espada llameante que portaba.
Dedicado a la fan Nº1 de los cachas tatuados de orientación sexual dudosa :P
Renacimiento
Comienza la caza
Instinto
Traiciones
Llevaban ya una media hora en el coche. Kirenel no le había dicho a dónde iban, pero a esas horas el centro de la ciudad era un caos fueses a donde fueses. Llegaron a una barriada marginal, la pobreza de sus habitantes contrastaba con los elegantes coches de los narcotraficantes.
Aparcaron junto a un edificio construido con ladrillos de miseria y desesperanza como argamasa, como todos los de ese barrio, y continuaron a pie, el coche que habían tomado prestado era lo bastante viejo como para pasar desapercibido en aquel entorno.
Tras recorrer un par de calles angostas y malolientes entraron en un portal con las paredes repletas de grafittis y el suelo de basura, jeringuillas e ilusiones. Nada más entrar les salió al paso un hombre de aspecto corpulento y cara de pocos amigos. Tenía la cabeza rapada y el cuello cubierto de tatuajes, pero no se podía ver más por la capa que cubría su cuerpo de los hombros hasta cerca de los tobillos. Semejante atuendo desentonaba enormemente en lo que parecía un pandillero, sobre todo porque parecía hecha de plumón negro. Kirenel levanto la mano con la palma en dirección al desconocido.
- Hola, Escofel, cuanto tiempo.
Sacando un brazo, cubierto también de tatuajes, por una abertura de su capa Escofel imitó el gesto.
- Hola Kirenel, hacía mucho que no te veíamos por aquí, ¿que te trae a nuestra puerta?
Kirenel señaló a Sandra con su pulgar derecho
- Está herida, necesitamos ver a T'anncrel.
El guardián pareció reparar en la joven por primera vez y durante unos segundos angustiosamente silenciosos la taladró con sus fríos ojos azules.
- Subid
Ascendieron dos pisos por una ruinosa escalera que apenas merecía ese nombre y llegaron ante una puerta que daba la sensación de ser más fácil de derribar que de abrir. Leyendo en la expresión de Sandra su opinión sobre la puerta, Kirenel sonrió y descargó un brutal puñetazo sobre la puerta. Un golpe así habría bastado para demoler todo aquel cuchitril, pero la puerta ni siquiera se movió un poco.
- No todo es lo que parece, pequeña.
Colocó la palma de su mano sobre la puerta y murmuró unas palabras. Su mano brilló brevemente y la puerta se abrió sin emitir ningún sonido. Entraron en una pequeña casa repleta de objetos y muebles de estilo árabe y una voz les llegó desde una habitación del fondo.
- Kirenel, ¿siempre tienes que intentar derribar mi puerta para impresionar a quien traes? Algún día la romperás y tendrás que ponerme otra.
Una mujer de unos cuarenta años de rasgos atractivos atravesó la puerta sonriendo, llevaba una capa de plumón similar a la del que les había recibido en la puerta, pero blancas como la nieve.
- T'anncrel, sabes que no podría aunque quisiera...
Se abrazaron efusivamente y ella dio un paso atrás, observando al moloqai
- Hacía un siglo que no nos veíamos, veo que te conservas bastante bien.
- Hago lo que puedo, dieta sana, un poco de ejercicio...
Ambos rieron brevemente, en el poco tiempo que llevaba con su maestro, Sandra no le había visto nunca tan alegre y distendido, se notaba que conocía a aquella hermosa mujer desde hacía mucho tiempo. Se sobresaltó un poco cuando en ese mismo momento la mujer miró directamente hacia ella.
- ¿No me presentas a tu amiga? Parece un poco joven para tí...
- Es una de ellos, T'ann, lo conseguí, les encontré.
El gesto de la mujer se volvió completamente serio y volvió a mirar hacia Sandra mucho más intensamente, hasta el punto de que se sintió desnuda ante el minucioso escrutinio.
- Increíble... Así que al final lo lograste...
La expresión de la mujer cambió de nuevo radicalmente, mostrando ahora una honda ternura.
- ¡Pero si estas herida! Ven conmigo cariño, nos ocuparemos de eso inmediatamente.
Pasaron a la habitación del fondo y T'anncrel le indicó que se quitase la camiseta y se tumbase en una camilla. La sanadora observó la herida, que tenia un aspecto purulento y malsano.
- Este mordisco ya habría matado a un humano, sin duda eres fuerte, como lo eran todos los moloqai
Las últimas palabras las pronunció con melancolía, pero agitó brevemente la cabeza para salir de su ensimismamiento. Colocó junto a la camilla una mesita con varios útiles quirúrgicos de plata y algunos cuencos con ungüentos de diversos aspectos.
- Supongo que pensarías que iba a colocar mis manos sobre la herida y que ésta sanaría ¿no? Eso, por desgracia, solo es un mito. Tranquila, yo me encargaré de que no te duela. Quizá te apetezca oír una historia mientras tanto ¿eh?
Sandra asintió, prefería distraerse de todos esos objetos afilados, no creía que esta gente utilizase anestesia.
- ¡Estupendo! Te contaré entonces lo que sucedió después de que los Un-Mann separasen el mundo en tres esferas para acabar con la guerra...
"Cuando la noticia del asesinato de los moloqai llegó a los dirigentes de los Un-Mann, estos decidieron llevar a cabo su plan de emergencia, conscientes de que la guerra se volvería a estancar y el mundo jamás conocería la paz.
Utilizando sus conocimientos sobre el viaje entre mundos, habían modificado las enormes edificaciones que utilizaban para viajar, de forma que al activarlas todas a la vez dividieron este mundo, separando la luz y la oscuridad de él. En ese momento, tanto los seres de la luz como los servidores de las tinieblas fuimos arrastrados a esas esferas paralelas, por lo que realmente ignoramos qué sucedió después.
Tardamos siglos en encontrar los portales y aprender a utilizarlos. Y cuando fuimos a cruzarlos nos topamos con los Guardianes, algunos de los más poderosos Un-Mann que se habían quedado en el espacio que unía las tres esferas para actuar como centinelas.
Para nuestra sorpresa no nos impidieron el paso, sino que solicitaron que enviásemos unos pocos representantes para una reunión. Acudimos y también estaba presente una pequeña delegación de las tinieblas. Los Guardianes nos dijeron que algo había afectado a los suyos, algo a lo que llamaban las Plagas, y que su pueblo había degenerado y agonizaba. Creían que era necesario que algo de luz y oscuridad se filtrase a través de los portales para detener aquel proceso degenerativo. A cambio, nos ofrecieron la posibilidad de utilizar aquellos portales para viajar entre las esferas con algunas condiciones. No estaría permitido reanudar la guerra a ninguna escala y los nuestros sólo podrían pasar una cantidad limitada de tiempo en este mundo.
Aceptamos y cuando los primeros de nosotros cruzamos los portales nos encontramos con un mundo asolado, poblado por humanos, tristes sombras de los poderosos y orgullosos Un-Mann.
Comprendimos que íbamos a necesitar mucho más tiempo que el breve lapso que se nos permitía permanecer en esta esfera. Finalmente y tras arduas negociaciones, accedieron, aunque el precio era no no poder regresar jamás a nuestra esfera. Como puedes ver, aceptamos"
La mujer sonrió y terminó de colocar el vendaje sobre el hombro de Sandra.
- Bueno, esto ya está. Procura no hacer ningún movimiento brusco durante un par de días
Sandra no salía de su asombro, ni siquiera había notado que T'anncrel se estuviese moviendo. Iba a preguntar, cuando notó que tanto la sanadora como su maestro se ponían en tensión mirando hacia la puerta. Expandió sus sentidos y notó la amenaza justo un instante antes de que seis hombres de aspecto deforme se materializasen en medio de la sala. Les faltaba la mandíbula y de su garganta surgía un asqueroso apéndice parecido a una serpiente rosada que acababa en una abertura coronada de afilados colmillos que rezumaban una sustancia negra y viscosa.
Antes de que ninguno de los presentes pudiese reaccionar, la puerta salió volando hacia el interior de la casa, seccionándole la cabeza a uno de los seres y tumbando a otro. Escofel atravesó el umbral, desplegando su capa en dos grandes alas negras y dejando ver un torso cubierto de tatuajes y la espada llameante que portaba.
Dedicado a la fan Nº1 de los cachas tatuados de orientación sexual dudosa :P
miércoles, 2 de abril de 2008
Traiciones
Capítulos anteriores:
Renacimiento
Comienza la caza
Instinto
Observaba desde la azotea de un edificio cercano como el hombre de pelo largo y canoso sacaba a la muchacha del callejón, parecía herida pero no gravemente, por lo menos no para uno de ellos. Sabía lo que eran ellos dos, por supuesto, aunque el alma de la chica emitía una luz extraña.
Un escalofrío le recorrió la espalda, no sabía que sentir ante las noticias del regreso de los Moloqai, para él hacía mucho que se había terminado la certeza, ni siquiera estaba seguro de su papel en este mundo. Sus pensamientos se detuvieron en seco cuando captó un sonido familiar, un sollozo lastimero, el que emite alguien que sabe que su fin está cerca y es inevitable.
Moviéndose a una velocidad cegadora saltó a la azotea del edificio de al lado, concentrándose en la procedencia de los lamentos. Llevaba un abrigo de recio cuero negro que le llegaba hasta los tobillos y vestía ropas oscuras, cualquiera que le viese le tomaría por un joven gótico dada también la palidez de su piel. Cualquiera que no le viese saltar de azotea en azotea corriendo a una velocidad sobrehumana, claro.
En apenas un par de minutos había llegado a su objetivo, se asomó para ver en un oscuro callejón a un chaval sentado con la espalda contra un rincón lleno de basura, con la mirada fija en el ser q se le acercaba lentamente, bebiendo cada gota del terror que destilaba. Tenía vaga apariencia humanoide, pero su boca era más grande de lo normal y además también se abría verticalmente hasta la mitad a de su torso, mostrando unos colmillos descomunales. El humano estaba aterrorizado, pero Naraal no, había visto demasiadas cosas para que una simple sanguijuela le asustase.
Saltando de pared a pared del callejón, cayó entre el monstruo y su presa, incorporándose con una sonrisa.
- Hola, creo que hoy te voy a fastidiar la cena.
El deforme ser siseó y su descomunal boca rezumó una malsana baba amarillenta. Estudió a Naraal durante unos segundos y después esbozó una mueca similar a una sonrisa.
- ¿Que tenemos aquí? ¿Un defensor de los débiles? ¡He seguido las normas! ¡No tienes ningún derecho a interponerte en mi camino! ¡¡No es más que ganado, un ser inferior!!
Rugió y avanzó un par de pasos hacia el, abriendo y cerrando su desproporcionada boca.
- No necesito permiso para interponerme en tu camino.
Las pupilas de Naraal se extendieron, convirtiendo sus ojos en dos esferas negras y sus uñas crecieron, formando unas largas garras
- No me importan esas normas que mencionas.
En menos de un parpadeo Naraal tenía su frente apoyada en la del monstruo, mirándole a los ojos, y las manos clavadas hasta las muñecas en sus costados.
- Y no es una cuestión de inferioridad, sino de justicia.
Dejó caer el cadáver y se volvió hacia el joven, se había desmayado. Iba a marcharse cuando notó un movimiento, se volvió de nuevo y vio que el chaval había vuelto en sí.
Examinó su alma y reconoció aquella extraña luz, se acercó hacia el y se agachó a su lado.
- Vaya, espero no cogerle demasiado gusto a hacer esto, se esta convirtiendo en un hábito
De un fuerte golpe, dejó inconsciente al asustado muchacho.
Renacimiento
Comienza la caza
Instinto
Observaba desde la azotea de un edificio cercano como el hombre de pelo largo y canoso sacaba a la muchacha del callejón, parecía herida pero no gravemente, por lo menos no para uno de ellos. Sabía lo que eran ellos dos, por supuesto, aunque el alma de la chica emitía una luz extraña.
Un escalofrío le recorrió la espalda, no sabía que sentir ante las noticias del regreso de los Moloqai, para él hacía mucho que se había terminado la certeza, ni siquiera estaba seguro de su papel en este mundo. Sus pensamientos se detuvieron en seco cuando captó un sonido familiar, un sollozo lastimero, el que emite alguien que sabe que su fin está cerca y es inevitable.
Moviéndose a una velocidad cegadora saltó a la azotea del edificio de al lado, concentrándose en la procedencia de los lamentos. Llevaba un abrigo de recio cuero negro que le llegaba hasta los tobillos y vestía ropas oscuras, cualquiera que le viese le tomaría por un joven gótico dada también la palidez de su piel. Cualquiera que no le viese saltar de azotea en azotea corriendo a una velocidad sobrehumana, claro.
En apenas un par de minutos había llegado a su objetivo, se asomó para ver en un oscuro callejón a un chaval sentado con la espalda contra un rincón lleno de basura, con la mirada fija en el ser q se le acercaba lentamente, bebiendo cada gota del terror que destilaba. Tenía vaga apariencia humanoide, pero su boca era más grande de lo normal y además también se abría verticalmente hasta la mitad a de su torso, mostrando unos colmillos descomunales. El humano estaba aterrorizado, pero Naraal no, había visto demasiadas cosas para que una simple sanguijuela le asustase.
Saltando de pared a pared del callejón, cayó entre el monstruo y su presa, incorporándose con una sonrisa.
- Hola, creo que hoy te voy a fastidiar la cena.
El deforme ser siseó y su descomunal boca rezumó una malsana baba amarillenta. Estudió a Naraal durante unos segundos y después esbozó una mueca similar a una sonrisa.
- ¿Que tenemos aquí? ¿Un defensor de los débiles? ¡He seguido las normas! ¡No tienes ningún derecho a interponerte en mi camino! ¡¡No es más que ganado, un ser inferior!!
Rugió y avanzó un par de pasos hacia el, abriendo y cerrando su desproporcionada boca.
- No necesito permiso para interponerme en tu camino.
Las pupilas de Naraal se extendieron, convirtiendo sus ojos en dos esferas negras y sus uñas crecieron, formando unas largas garras
- No me importan esas normas que mencionas.
En menos de un parpadeo Naraal tenía su frente apoyada en la del monstruo, mirándole a los ojos, y las manos clavadas hasta las muñecas en sus costados.
- Y no es una cuestión de inferioridad, sino de justicia.
Dejó caer el cadáver y se volvió hacia el joven, se había desmayado. Iba a marcharse cuando notó un movimiento, se volvió de nuevo y vio que el chaval había vuelto en sí.
Examinó su alma y reconoció aquella extraña luz, se acercó hacia el y se agachó a su lado.
- Vaya, espero no cogerle demasiado gusto a hacer esto, se esta convirtiendo en un hábito
De un fuerte golpe, dejó inconsciente al asustado muchacho.
miércoles, 19 de marzo de 2008
Instinto
Capítulos anteriores:
Renacimiento
Comienza la caza
Continuó andando por calles estrechas y sucias, apoyándose en las paredes, con el sabor del vómito nublado sus sentidos y el del remordimiento su alma. Trataba de sobreponerse a sus prejuicios, se repetía que ya no era humana si no algo superior, y que había destruido a un monstruo demoníaco. Pero las nauseas no cesaban.
De improvisto todo se detiene. Sus sentidos, llevados por un impulso reflejo, se expanden abarcando toda la calle, una rata hurgando entre los cubos de basura de su izquierda, una araña tejiendo su tela en un recoveco a su derecha y, a unos veinte metros de distancia, los que habían disparado sus instintos. Son tres, dos a su espalda y otro agazapado detrás de una destartalada lavadora abandonada junto a la entrada de un callejón.
Toda esta información llega a su cerebro en dos inspiraciones, al comenzar la tercera un torrente de energía invade su cuerpo, impulsándose a una velocidad cegadora hacia delante. Pasa junto a los cubos de basura, mientras la rata reacciona a cámara lenta, coge la tapa de uno de los cubos y avanza durante otra inspiración hacia el callejón. Siente un inicio de movimiento detrás de la lavadora y la tapa metálica sale volando de su mano izquierda como un cañonazo, impactando con una campanada contra la cabeza del chaval que surgía de su escondrijo tras el electrodoméstico.
Dos inspiraciones más, la cabeza del poseído golpea contra el suelo mientras la tapa del cubo rebota en el asfalto, Sandra ya casi ha llegado a la entrada del callejón, en su mano derecha su lima refulge y se agranda. Coge aire de nuevo y se lanza rodando hacia el callejón en el preciso instante en el que otro de los poseídos salta sobre ella, tratando de agarrarla.
Se incorpora, pero al hacerlo nota un agudo dolor en el tobillo y un crujido. De pronto todo parece acelerarse, oye el ruido metálico de la tapa contra el suelo y el crujido húmedo de la cara del segundo atacante impactando contra la esquina del callejón, se vuelve a tiempo para ver un borrón abalanzarse hacia ella. Trata de esquivarlo pero le es imposible, rota la concentración que aumentaba su velocidad, nota una hilera de afilados dientes clavarse en su hombro derecho y un latigazo de dolor sacude su columna vertebral sacándola de su aturdimiento. Todo vuelve a moverse a cámara lenta, se lanza contra la pared de su derecha con el hombro por delante, se escucha el sonido de una sandía golpeando contra la pared y la presión de los dientes sobre su hombro se afloja. Sin detener su movimiento, pega la espalda a la pared aprovechando el impulso para lanzar su maltrecho brazo hacia la entrada del callejón. Ve como su daga de luz atraviesa la cabeza del primer atacante que se abalanzaba de nuevo hacia ella.
Sólo queda uno, Sandra le mira desafiante y él saca un cuchillo de monte. Con una velocidad cegadora la chica clava sus manos en el pecho del cadáver que tiene al lado y las saca con un sonoro crujido. En cada una tiene una ensangrentada costilla convirtiéndose en dagas de luz. No le deja tiempo para pensar y avanza hacia él mientras el poseído decide darse la vuelta y huir, un agudo dolor recuerda a Sandra que no va poder alcanzarle y el chaval desaparece en la oscura calle.
El tiempo vuelve a su ritmo normal y cae de rodillas, extenuada. En la calle por la que ha huido el poseído se oye un suave silbido y algo rebotar, por delante de la boca del callejón pasa rodando la cabeza del demonio. Tranquilamente, sonriendo, Kirenel entra en el callejón.
- Muy bien, te felicito jovencita, necesitas pulir un poco el que no te sigan los compinches de tu objetivo, pero has resuelto la papeleta bastante bien.
Enarcando una ceja mira a las costillas que Sandra aún sujeta con fuerza.
- Bastante creativo. Bueno, vamos a que te vean esas heridas, no queremos que nos encuentren en medio de este estropicio…
Renacimiento
Comienza la caza
Continuó andando por calles estrechas y sucias, apoyándose en las paredes, con el sabor del vómito nublado sus sentidos y el del remordimiento su alma. Trataba de sobreponerse a sus prejuicios, se repetía que ya no era humana si no algo superior, y que había destruido a un monstruo demoníaco. Pero las nauseas no cesaban.
De improvisto todo se detiene. Sus sentidos, llevados por un impulso reflejo, se expanden abarcando toda la calle, una rata hurgando entre los cubos de basura de su izquierda, una araña tejiendo su tela en un recoveco a su derecha y, a unos veinte metros de distancia, los que habían disparado sus instintos. Son tres, dos a su espalda y otro agazapado detrás de una destartalada lavadora abandonada junto a la entrada de un callejón.
Toda esta información llega a su cerebro en dos inspiraciones, al comenzar la tercera un torrente de energía invade su cuerpo, impulsándose a una velocidad cegadora hacia delante. Pasa junto a los cubos de basura, mientras la rata reacciona a cámara lenta, coge la tapa de uno de los cubos y avanza durante otra inspiración hacia el callejón. Siente un inicio de movimiento detrás de la lavadora y la tapa metálica sale volando de su mano izquierda como un cañonazo, impactando con una campanada contra la cabeza del chaval que surgía de su escondrijo tras el electrodoméstico.
Dos inspiraciones más, la cabeza del poseído golpea contra el suelo mientras la tapa del cubo rebota en el asfalto, Sandra ya casi ha llegado a la entrada del callejón, en su mano derecha su lima refulge y se agranda. Coge aire de nuevo y se lanza rodando hacia el callejón en el preciso instante en el que otro de los poseídos salta sobre ella, tratando de agarrarla.
Se incorpora, pero al hacerlo nota un agudo dolor en el tobillo y un crujido. De pronto todo parece acelerarse, oye el ruido metálico de la tapa contra el suelo y el crujido húmedo de la cara del segundo atacante impactando contra la esquina del callejón, se vuelve a tiempo para ver un borrón abalanzarse hacia ella. Trata de esquivarlo pero le es imposible, rota la concentración que aumentaba su velocidad, nota una hilera de afilados dientes clavarse en su hombro derecho y un latigazo de dolor sacude su columna vertebral sacándola de su aturdimiento. Todo vuelve a moverse a cámara lenta, se lanza contra la pared de su derecha con el hombro por delante, se escucha el sonido de una sandía golpeando contra la pared y la presión de los dientes sobre su hombro se afloja. Sin detener su movimiento, pega la espalda a la pared aprovechando el impulso para lanzar su maltrecho brazo hacia la entrada del callejón. Ve como su daga de luz atraviesa la cabeza del primer atacante que se abalanzaba de nuevo hacia ella.
Sólo queda uno, Sandra le mira desafiante y él saca un cuchillo de monte. Con una velocidad cegadora la chica clava sus manos en el pecho del cadáver que tiene al lado y las saca con un sonoro crujido. En cada una tiene una ensangrentada costilla convirtiéndose en dagas de luz. No le deja tiempo para pensar y avanza hacia él mientras el poseído decide darse la vuelta y huir, un agudo dolor recuerda a Sandra que no va poder alcanzarle y el chaval desaparece en la oscura calle.
El tiempo vuelve a su ritmo normal y cae de rodillas, extenuada. En la calle por la que ha huido el poseído se oye un suave silbido y algo rebotar, por delante de la boca del callejón pasa rodando la cabeza del demonio. Tranquilamente, sonriendo, Kirenel entra en el callejón.
- Muy bien, te felicito jovencita, necesitas pulir un poco el que no te sigan los compinches de tu objetivo, pero has resuelto la papeleta bastante bien.
Enarcando una ceja mira a las costillas que Sandra aún sujeta con fuerza.
- Bastante creativo. Bueno, vamos a que te vean esas heridas, no queremos que nos encuentren en medio de este estropicio…
lunes, 17 de marzo de 2008
Comienza la caza
Capítulos anteriores:
Renacimiento
La música a todo volumen, el ambiente asfixiante por el humo del tabaco y el sudor, la oscuridad sólo interrumpida por luces frenéticas y cegadoras y la gran cantidad de gente que se apiñaba en aquella discoteca convertían el local en el refugio perfecto para el ser que buscaba Sandra.
Kirenel, el último de los Moloqai, al que tomó por un mendigo cuando lo vio por primera vez y que se había convertido en su maestro, le había enseñado muchas cosas en el poco tiempo que llevaba adiestrándola. Sandra ahora apenas necesitaba descansar unas pocas horas diarias, lo que era muy útil para poder mantener aquella doble vida de adolescente por el día y ángel renacido por la noche. También habían mejorado tremendamente su forma física y sus sentidos. Lo último que había aprendido, y se disponía a probar esa misma noche, era a leer las almas de los demás. Para Sandra de cada persona a la que miraba surgía una especie de emanación luminosa que revelaba las características del alma de ese individuo.
Tras casi una hora estudiando disimuladamente a los presentes, bailando, flirteando y esquivando babosos, le vio. Era muy joven, no llegaría a los dieciocho años, su aspecto tímido y su mirada encantadora señalándole más como un querubín que como un ser de las tinieblas. Pero el alma no es tan fácil de maquillar como el aspecto físico, y la de aquel jovencito supuraba negra y enfermiza.
No le costó mucho acercarse a su presa y poco después ya estaban bailando. Además de ser atractivo tenía una personalidad magnética y una sonrisa que hechizaba. Tan solo una hora después, ambos se besaban apasionadamente en un rincón del atestado local, consumidos por una pasión irrefrenable. Sandra se dejó llevar y no tardaron mucho en entrar a trompicones en uno de los retretes del baño de señoras, sin parar de besarse se arrancaron la ropa, momento en el cual el rostro perfecto del joven se desfiguró en una sonrisa imposible que le llegaba literalmente de oreja a oreja decorada con una hilera de dientes puntiagudos y afiladísimos.
La expresión del ser delató su sorpresa cuando Sandra no solo no se asustó ni intentó huir, sino que aferró la garganta del demonio con su mano izquierda. Vió como en los ojos del joven se dibujaba lentamente una mirada de terror al darse cuenta de que la mano de la chica ejercía una fuerza muy superior a la que cabría esperar de ella. Forcejearon, Sandra colocó algo frente a los ojos del demonio, una lima metálica. El ser de las tinieblas no entendía nada hasta que la lima comenzó a brillar convirtiéndose en una daga de pura luz. Quiso gritar, pero el arma le atravesó la cabeza de lado a lado.
Salió del baño y se dirigió directamente a la salida, no quería estar por allí cuando alguien encontrarse el cuerpo carbonizado de aquel muchacho. Sabía que el humano que fue llevaba mucho tiempo muerto, y que incluso puede que accediese voluntariamente a ser poseído, pero no podía dejar de pensar que acababa de degollar y después incinerar a una persona. Cuando consideró que se había alejado lo suficiente, se apoyó en una pared junto a unos contenedores de basura y vomitó. Quizá ser una luchadora de la luz no era lo que ella había imaginado.
Siguió andando, sin notar que desde las sombras de un callejón, dos jóvenes la observaban.
Renacimiento
La música a todo volumen, el ambiente asfixiante por el humo del tabaco y el sudor, la oscuridad sólo interrumpida por luces frenéticas y cegadoras y la gran cantidad de gente que se apiñaba en aquella discoteca convertían el local en el refugio perfecto para el ser que buscaba Sandra.
Kirenel, el último de los Moloqai, al que tomó por un mendigo cuando lo vio por primera vez y que se había convertido en su maestro, le había enseñado muchas cosas en el poco tiempo que llevaba adiestrándola. Sandra ahora apenas necesitaba descansar unas pocas horas diarias, lo que era muy útil para poder mantener aquella doble vida de adolescente por el día y ángel renacido por la noche. También habían mejorado tremendamente su forma física y sus sentidos. Lo último que había aprendido, y se disponía a probar esa misma noche, era a leer las almas de los demás. Para Sandra de cada persona a la que miraba surgía una especie de emanación luminosa que revelaba las características del alma de ese individuo.
Tras casi una hora estudiando disimuladamente a los presentes, bailando, flirteando y esquivando babosos, le vio. Era muy joven, no llegaría a los dieciocho años, su aspecto tímido y su mirada encantadora señalándole más como un querubín que como un ser de las tinieblas. Pero el alma no es tan fácil de maquillar como el aspecto físico, y la de aquel jovencito supuraba negra y enfermiza.
No le costó mucho acercarse a su presa y poco después ya estaban bailando. Además de ser atractivo tenía una personalidad magnética y una sonrisa que hechizaba. Tan solo una hora después, ambos se besaban apasionadamente en un rincón del atestado local, consumidos por una pasión irrefrenable. Sandra se dejó llevar y no tardaron mucho en entrar a trompicones en uno de los retretes del baño de señoras, sin parar de besarse se arrancaron la ropa, momento en el cual el rostro perfecto del joven se desfiguró en una sonrisa imposible que le llegaba literalmente de oreja a oreja decorada con una hilera de dientes puntiagudos y afiladísimos.
La expresión del ser delató su sorpresa cuando Sandra no solo no se asustó ni intentó huir, sino que aferró la garganta del demonio con su mano izquierda. Vió como en los ojos del joven se dibujaba lentamente una mirada de terror al darse cuenta de que la mano de la chica ejercía una fuerza muy superior a la que cabría esperar de ella. Forcejearon, Sandra colocó algo frente a los ojos del demonio, una lima metálica. El ser de las tinieblas no entendía nada hasta que la lima comenzó a brillar convirtiéndose en una daga de pura luz. Quiso gritar, pero el arma le atravesó la cabeza de lado a lado.
Salió del baño y se dirigió directamente a la salida, no quería estar por allí cuando alguien encontrarse el cuerpo carbonizado de aquel muchacho. Sabía que el humano que fue llevaba mucho tiempo muerto, y que incluso puede que accediese voluntariamente a ser poseído, pero no podía dejar de pensar que acababa de degollar y después incinerar a una persona. Cuando consideró que se había alejado lo suficiente, se apoyó en una pared junto a unos contenedores de basura y vomitó. Quizá ser una luchadora de la luz no era lo que ella había imaginado.
Siguió andando, sin notar que desde las sombras de un callejón, dos jóvenes la observaban.
miércoles, 12 de marzo de 2008
Renacimiento
"Ahora si que la he cagado bien". Era lo único que Sandra podía pensar mientras recorría las oscuras calles del miserable barrio periférico, con el miedo marcado en cada una de sus hermosas facciones. La había cagado quedando con Diego, la había cagado dejando que la llevase a casa en coche, la había cagado no reaccionando cuando en lugar de dirigirse a su casa la llevó al polígono y la había cagado del todo bajándose del coche cuando quiso propasarse con ella. Ahora caminaba sola de noche por uno de los peores barrios de la ciudad, y se había perdido.
Siguió andando envarada, mirando hacia todos lados como un cervatillo recorriendo la guarida del lobo. Se oyeron ruidos saliendo de un callejón un poco más adelante de donde llegaba Sandra, que dio un respingo y se quedó paralizada cuando del callejón salió tambaleándose un hombre canoso vestido con un abrigo sucio y raído. El borracho pareció reparar en ella y comenzó a caminar en si dirección, el miedo la tenía paralizada pero reaccionó al sentir que algo se abalanzaba sobre su espalda. Se giró, pero demasiado tarde, antes de poder ver a su atacante notó un golpe en la nuca y todo se volvió negro.
Estaba en una playa, con el ruido del mar de fondo y el agua salpicándola en la cara, pero no podía abrir los ojos y notaba un terrible dolor de cabeza. Poco a poco, y con gran esfuerzo, su consciencia reconstruyó el puzzle de sus últimos recuerdos. El gilipollas de Diego, el polígono, las calles oscuras, el borracho del callejón, ¡la figura tras su espalda! Se incorporó de golpe y todo comenzó a darle vueltas, cuando pudo fijarse en lo que tenía alrededor vio q se encontraba en una especie de chabola, tenia la cara mojada y de fondo se oía el suave ronroneo de un motor. Dio un respingo cuando por el hueco que hacía las veces de puerta entró el borracho del callejón. Instintivamente se cubrió con la sucia colcha que la tapaba, aunque estaba completamente vestida, temblaba visiblemente y las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.
- Tranquila, tranquila. No deberías andar a esas horas por ese barrio, pequeña, es peligroso.
Había algo en la voz de aquel hombre que resultaba tranquilizador, era grave pero melodiosa y agradable. Rondaría los 50 años con el pelo cano y largo sujeto en una coleta. Si no fuese por el miedo que tenía y la mugre, Sandra lo habría encontrado atractivo. Poco a poco se fue calmando y sintió que la angustia dejaba de atenazar su corazón.
- Déjame que te cuente una historia, así te relajaras y olvidaras el mal trago de antes.
Sonrió y aquella sonrisa iluminó el alma de la chica que asintió como una niña pequeña a la que le preguntan si quiere escuchar un cuento. El hombre se aclaró la garganta y comenzó.
"Voy a contarte una trágica historia, una historia de tiempos en los que los hombres ni siquiera recorrían la Tierra. Hace muchos siglos, este mundo estaba poblado por dos facciones irreconciliables que lucharon sin descanso durante miles de años. Unos eran seguidores de la luz, amantes de la vida y de la justicia, vosotros habéis recibido su deformado recuerdo bajo la denominación de ángeles. Los otros, como tu mirada delata, ya imaginarás que eran su contrario, sirvientes de la oscuridad y la vileza, recordados en estos tiempos como demonios.
Era una guerra vacua, pues ninguno de los dos bandos tenía una ventaja clara sobre el otro. Hasta que entró en escena el factor que podía desequilibrar la balanza. A través de inmensos portales una civilización venida de otras realidades llegó a este mundo e inmediatamente fue abordada por enviados de ambos bandos para intentar ganar a los recién llegados para su causa. Tras escuchar a los embajadores, los dirigentes de este pueblo que se hacían llamar Un-mann llegaron a la conclusión de que el bando de las tinieblas era enemigo de todo lo vivo y, por extensión, su enemigo.
La fuerzas combinadas de la luz y de los Un-mann comenzaron a derrotar a la oscuridad en todos los frentes, y en primera línea de batalla estaban siempre los Moloqai, los mejores guerreros de la luz. Sus alas, a diferencia de las del resto de sus hermanos, estaban compuestas de pura luz y pocos podían enfrentárseles en el campo de batalla.
Pero la oscuridad aún tenía una última carta que jugar, buscó al más débil y vanidoso entre los Moloqai y llenó sus oídos de alabanzas y mentiras sobre sus hermanos. Este miserable, cuyo nombre se olvidó hace mucho, convocó a todos los suyos a una asamblea, algo normal entre los Moloqai pues su número era relativamente reducido, y una vez allí fueron atacados y masacrados por las fuerzas de la sombra. Como recompensa, el traidor fue convertido en un poderoso ser de oscuridad que como una burla a la memoria de sus hermanos tomó el nombre de Moloch.
Sólo uno de los Moloqai había sobrevivido, ya que se encontraba el día de la asamblea fatídica en medio de una importante batalla que no pudo abandonar. Al oír las noticias de la traición de Moloch, este superviviente quiso ir a buscar al traidor pero entonces algo cambió para siempre este mundo. Los Un-Mann, entendiendo que la caída de los Moloqai estancaría de nuevo la guerra en una lucha eterna, utilizaron sus conocimientos sobre el viaje entre mundos para separar este en tres. La Tierra quedó entre los otros dos, sirviendo como nexo y hogar de los Un-Mann, otro lo conocéis como el Cielo y es el hogar de las fuerzas de la luz y por último en lo que denomináis Infierno habitan los servidores de las tinieblas.
Existen portales que el que sepa puede utilizar para viajar de un mundo a otro y así la guerra ha continuado, pero de una forma discreta y sutil, hasta el día de hoy. Pero recientemente se ha descubierto que las almas de los Moloqai sobrevivieron a su asesinato, quedando atrapadas en este mundo, aletargadas en el interior de algunos Un-Mann y después en sus descendientes, los humanos."
Sandra escuchaba absorta, sabiendo de alguna forma que aquello no era la fantasía de un demente o un cuento ficticio. El hombre permaneció unos segundos con la mirada perdida y después la miró intensamente.
- Ahora solo nos queda descubrir cómo despertar esa alma.
De pronto entendió lo que quería decir aquel misterioso hombre.
- Pero yo no.. yo no soy... yo no puedo ser...
- Oh, claro que si, créeme cuando te digo que no me equivoco en esto.
El hombre se levantó de la caja en la que se había sentado y al hacerlo Sandra notó algo extraño en sus ojos, sus pupilas ya no eran negras, sino doradas.
- Llevo demasiado tiempo solo.
Sandra dio un respingo cuando dos enormes alas de luz surgieron en la espalda del supuesto mendigo.
Siguió andando envarada, mirando hacia todos lados como un cervatillo recorriendo la guarida del lobo. Se oyeron ruidos saliendo de un callejón un poco más adelante de donde llegaba Sandra, que dio un respingo y se quedó paralizada cuando del callejón salió tambaleándose un hombre canoso vestido con un abrigo sucio y raído. El borracho pareció reparar en ella y comenzó a caminar en si dirección, el miedo la tenía paralizada pero reaccionó al sentir que algo se abalanzaba sobre su espalda. Se giró, pero demasiado tarde, antes de poder ver a su atacante notó un golpe en la nuca y todo se volvió negro.
Estaba en una playa, con el ruido del mar de fondo y el agua salpicándola en la cara, pero no podía abrir los ojos y notaba un terrible dolor de cabeza. Poco a poco, y con gran esfuerzo, su consciencia reconstruyó el puzzle de sus últimos recuerdos. El gilipollas de Diego, el polígono, las calles oscuras, el borracho del callejón, ¡la figura tras su espalda! Se incorporó de golpe y todo comenzó a darle vueltas, cuando pudo fijarse en lo que tenía alrededor vio q se encontraba en una especie de chabola, tenia la cara mojada y de fondo se oía el suave ronroneo de un motor. Dio un respingo cuando por el hueco que hacía las veces de puerta entró el borracho del callejón. Instintivamente se cubrió con la sucia colcha que la tapaba, aunque estaba completamente vestida, temblaba visiblemente y las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.
- Tranquila, tranquila. No deberías andar a esas horas por ese barrio, pequeña, es peligroso.
Había algo en la voz de aquel hombre que resultaba tranquilizador, era grave pero melodiosa y agradable. Rondaría los 50 años con el pelo cano y largo sujeto en una coleta. Si no fuese por el miedo que tenía y la mugre, Sandra lo habría encontrado atractivo. Poco a poco se fue calmando y sintió que la angustia dejaba de atenazar su corazón.
- Déjame que te cuente una historia, así te relajaras y olvidaras el mal trago de antes.
Sonrió y aquella sonrisa iluminó el alma de la chica que asintió como una niña pequeña a la que le preguntan si quiere escuchar un cuento. El hombre se aclaró la garganta y comenzó.
"Voy a contarte una trágica historia, una historia de tiempos en los que los hombres ni siquiera recorrían la Tierra. Hace muchos siglos, este mundo estaba poblado por dos facciones irreconciliables que lucharon sin descanso durante miles de años. Unos eran seguidores de la luz, amantes de la vida y de la justicia, vosotros habéis recibido su deformado recuerdo bajo la denominación de ángeles. Los otros, como tu mirada delata, ya imaginarás que eran su contrario, sirvientes de la oscuridad y la vileza, recordados en estos tiempos como demonios.
Era una guerra vacua, pues ninguno de los dos bandos tenía una ventaja clara sobre el otro. Hasta que entró en escena el factor que podía desequilibrar la balanza. A través de inmensos portales una civilización venida de otras realidades llegó a este mundo e inmediatamente fue abordada por enviados de ambos bandos para intentar ganar a los recién llegados para su causa. Tras escuchar a los embajadores, los dirigentes de este pueblo que se hacían llamar Un-mann llegaron a la conclusión de que el bando de las tinieblas era enemigo de todo lo vivo y, por extensión, su enemigo.
La fuerzas combinadas de la luz y de los Un-mann comenzaron a derrotar a la oscuridad en todos los frentes, y en primera línea de batalla estaban siempre los Moloqai, los mejores guerreros de la luz. Sus alas, a diferencia de las del resto de sus hermanos, estaban compuestas de pura luz y pocos podían enfrentárseles en el campo de batalla.
Pero la oscuridad aún tenía una última carta que jugar, buscó al más débil y vanidoso entre los Moloqai y llenó sus oídos de alabanzas y mentiras sobre sus hermanos. Este miserable, cuyo nombre se olvidó hace mucho, convocó a todos los suyos a una asamblea, algo normal entre los Moloqai pues su número era relativamente reducido, y una vez allí fueron atacados y masacrados por las fuerzas de la sombra. Como recompensa, el traidor fue convertido en un poderoso ser de oscuridad que como una burla a la memoria de sus hermanos tomó el nombre de Moloch.
Sólo uno de los Moloqai había sobrevivido, ya que se encontraba el día de la asamblea fatídica en medio de una importante batalla que no pudo abandonar. Al oír las noticias de la traición de Moloch, este superviviente quiso ir a buscar al traidor pero entonces algo cambió para siempre este mundo. Los Un-Mann, entendiendo que la caída de los Moloqai estancaría de nuevo la guerra en una lucha eterna, utilizaron sus conocimientos sobre el viaje entre mundos para separar este en tres. La Tierra quedó entre los otros dos, sirviendo como nexo y hogar de los Un-Mann, otro lo conocéis como el Cielo y es el hogar de las fuerzas de la luz y por último en lo que denomináis Infierno habitan los servidores de las tinieblas.
Existen portales que el que sepa puede utilizar para viajar de un mundo a otro y así la guerra ha continuado, pero de una forma discreta y sutil, hasta el día de hoy. Pero recientemente se ha descubierto que las almas de los Moloqai sobrevivieron a su asesinato, quedando atrapadas en este mundo, aletargadas en el interior de algunos Un-Mann y después en sus descendientes, los humanos."
Sandra escuchaba absorta, sabiendo de alguna forma que aquello no era la fantasía de un demente o un cuento ficticio. El hombre permaneció unos segundos con la mirada perdida y después la miró intensamente.
- Ahora solo nos queda descubrir cómo despertar esa alma.
De pronto entendió lo que quería decir aquel misterioso hombre.
- Pero yo no.. yo no soy... yo no puedo ser...
- Oh, claro que si, créeme cuando te digo que no me equivoco en esto.
El hombre se levantó de la caja en la que se había sentado y al hacerlo Sandra notó algo extraño en sus ojos, sus pupilas ya no eran negras, sino doradas.
- Llevo demasiado tiempo solo.
Sandra dio un respingo cuando dos enormes alas de luz surgieron en la espalda del supuesto mendigo.
miércoles, 5 de marzo de 2008
Revelaciones (Final)
La cara de Sebastian no terminaba de decidirse entre la sorpresa y la confusión. Lentamente, se incorporó mientras el extraño salía del agua y se acercaba a por la ropa que había dejado en la orilla.
- ¿Hermano? ¡Yo no tengo ningún hermano! ¿Cómo has podido verme?
Sebastian sentía ansiedad, incertidumbre, apenas si podía pensar con claridad. El extraño se giró hacia el con solo unos raídos pantalones de cuero puestos, en medio de su pecho destacaba tatuada una letra O de medio palmo de altura. Miró a sebastian y lanzó una carcajada.
- No me digas que tu tampoco recuerdas nada... - Con un cómico suspiro miró al cielo - Jeeesus, vaya jaleo se ha montado...
No entendía de que estaba hablando este extraño personaje, trató de recordar a algún hermano en su infancia pero no pudo, sin embargo poco a poco una terrible certeza se abrió camino hacia su mente. No recordaba nada, su último recuerdo se remontaba a hacía un par de meses cuando entró en aquella oscura tienda y encontró a la primera de sus musas...
Se le heló la sangre, ¡su musa!
- ¿Donde...?
Con un gesto firme y seguro, el extraño apoyó su mano sobre el hombro de Sebastian mientras le sonreía.
- Tranquilo, está bien, he cuidado de ella.
La pequeña musa voló hasta la mano del desconocido, le lanzó un beso y voló de nuevo hacia Sebastian riendo alegremente y fundiéndose en su garganta.
- Debes seguir buscándolas, no importa lo que recuerdes ni lo que creas, alguien ha hecho algo terrible y se ha alterado lo que debía pasar. No se porqué yo me he mantenido sin cambiar, pero tu y el otro de nuestros hermanos que me he encontrado desde aquello habéis perdido la memoria. Quizá reunirte con todas tus pequeñas te complete de nuevo.
- ¿Otro hermano? ¡Tienes que contarme más!
Miró a su recién descubierto hermano mientras se ponía un simple chaleco de cuero sobre el torso desnudo. El tatuaje de su pecho podría ser también una Q
- Bueno, no te pongas nervioso, te contare unas cuantas cosas que he averiguado, aunque no a cambio de nada...
- Si lo que buscas es dinero... - Sacó un puñado de gemas del bolsillo de su abrigo.
- Ja ja ja ¡Vaya! ¡Aun tienes ese abrigo tan útil! - Cogió las gemas que le tendía el otro y observó con detenimiento un rubí perfecto - Siempre tuviste talento para estas cosas.
Lanzó el rubí al agua del río haciendo que saltase varias veces sobre su superficie y empezó a caminar hacia el puente.
- ¿No vas a venir? En realidad el pago que quiero es que me amenices un poco el camino cantando algo, yo lo hago fatal je je je.
Mil preguntas se agolpaban en la mente de Sebastian, sacudió la cabeza para aclararse un poco y vio que el extraño se alejaba a buen paso. Dudó solo un momento antes de correr para alcanzarle.
Sin saber por qué, de repente tuvo claro que el tatuaje del pecho de este que decía ser su hermano era un cero.
- ¿Hermano? ¡Yo no tengo ningún hermano! ¿Cómo has podido verme?
Sebastian sentía ansiedad, incertidumbre, apenas si podía pensar con claridad. El extraño se giró hacia el con solo unos raídos pantalones de cuero puestos, en medio de su pecho destacaba tatuada una letra O de medio palmo de altura. Miró a sebastian y lanzó una carcajada.
- No me digas que tu tampoco recuerdas nada... - Con un cómico suspiro miró al cielo - Jeeesus, vaya jaleo se ha montado...
No entendía de que estaba hablando este extraño personaje, trató de recordar a algún hermano en su infancia pero no pudo, sin embargo poco a poco una terrible certeza se abrió camino hacia su mente. No recordaba nada, su último recuerdo se remontaba a hacía un par de meses cuando entró en aquella oscura tienda y encontró a la primera de sus musas...
Se le heló la sangre, ¡su musa!
- ¿Donde...?
Con un gesto firme y seguro, el extraño apoyó su mano sobre el hombro de Sebastian mientras le sonreía.
- Tranquilo, está bien, he cuidado de ella.
La pequeña musa voló hasta la mano del desconocido, le lanzó un beso y voló de nuevo hacia Sebastian riendo alegremente y fundiéndose en su garganta.
- Debes seguir buscándolas, no importa lo que recuerdes ni lo que creas, alguien ha hecho algo terrible y se ha alterado lo que debía pasar. No se porqué yo me he mantenido sin cambiar, pero tu y el otro de nuestros hermanos que me he encontrado desde aquello habéis perdido la memoria. Quizá reunirte con todas tus pequeñas te complete de nuevo.
- ¿Otro hermano? ¡Tienes que contarme más!
Miró a su recién descubierto hermano mientras se ponía un simple chaleco de cuero sobre el torso desnudo. El tatuaje de su pecho podría ser también una Q
- Bueno, no te pongas nervioso, te contare unas cuantas cosas que he averiguado, aunque no a cambio de nada...
- Si lo que buscas es dinero... - Sacó un puñado de gemas del bolsillo de su abrigo.
- Ja ja ja ¡Vaya! ¡Aun tienes ese abrigo tan útil! - Cogió las gemas que le tendía el otro y observó con detenimiento un rubí perfecto - Siempre tuviste talento para estas cosas.
Lanzó el rubí al agua del río haciendo que saltase varias veces sobre su superficie y empezó a caminar hacia el puente.
- ¿No vas a venir? En realidad el pago que quiero es que me amenices un poco el camino cantando algo, yo lo hago fatal je je je.
Mil preguntas se agolpaban en la mente de Sebastian, sacudió la cabeza para aclararse un poco y vio que el extraño se alejaba a buen paso. Dudó solo un momento antes de correr para alcanzarle.
Sin saber por qué, de repente tuvo claro que el tatuaje del pecho de este que decía ser su hermano era un cero.
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martes, 4 de marzo de 2008
Revelaciones (Primera parte)
Sebastian caminaba por un camino que discurría junto al margen de un río poco profundo, agradeciendo la sombra de los árboles que crecían en la rivera del cauce. Llevaba ya varias horas andando desde que en el último pueblo le indicasen que el hombre al que había estado siguiendo la pista había partido en esta dirección. Estaba convencido de que éste retenía a otra de sus amadas musas y que de algún modo sabía que Sebastian le estaba buscando, por eso había huido del pueblo.
Con estos pensamientos rondándole llegó a una curva del cauce que el camino salvaba mediante un pequeño puente de madera escondido entre los árboles. El lugar perfecto para una emboscada, pensó Sebastian. Aunque este pensamiento se desvaneció en un mar de sorpresa casi nada más nacer, de entre la vegetación de la orilla junto al puente venia una melodía potente y desafinada. Alguien estaba cantando, todos los planes y estrategias de Sebastian de derrumbaron ante la posibilidad de que quien cantase fuese su presa.
Proyectando la ilusión de ser invisible, se acercó con cuidado a la arboleda que rodeaba el puente. Cuando se asomó al cauce necesitó de todo su autocontrol para evitar exclamar sorprendido una vez más. A la sombra del puente, donde el río formaba un pequeño remanso, se encontraba bañándose el hombre que le habían descrito y al que llevaba varios días siguiendo.
Era un hombre de complexión robusta, con el pelo rubio y corto excepto una trenza que arrancaba de su nuca y se sumergía en el agua que le llegaba por la cintura. Se encontraba de espaldas a Sebastian, lo que le permitía ver que tenía varios tatuajes en los hombros y antebrazos. Sin embargo, lo que hacía aquella escena cómica y terrible a la vez, era que el hombre cantaba a voz en grito desafinando mucho, aunque extrañamente el resultado era muy bello, y delante de el bailaba sobre el agua un pequeño ser de luz con aspecto de mujer alada. Una musa, su musa.
Los pensamientos se agolpaban en su cerebro, tratando de imponerse unos sobre otros al ritmo frenético de su corazón. No recordaba haberse encontrado nunca en tal estado de confusión y pánico. Hasta que de repente, el hombre dejó de cantar y se giró hacia los arbustos entre los que se escondía. Miró directamente hacia el y sonrió.
- ¡¡Cuánto tiempo!! Me alegro mucho de verte, hermanito.
Con estos pensamientos rondándole llegó a una curva del cauce que el camino salvaba mediante un pequeño puente de madera escondido entre los árboles. El lugar perfecto para una emboscada, pensó Sebastian. Aunque este pensamiento se desvaneció en un mar de sorpresa casi nada más nacer, de entre la vegetación de la orilla junto al puente venia una melodía potente y desafinada. Alguien estaba cantando, todos los planes y estrategias de Sebastian de derrumbaron ante la posibilidad de que quien cantase fuese su presa.
Proyectando la ilusión de ser invisible, se acercó con cuidado a la arboleda que rodeaba el puente. Cuando se asomó al cauce necesitó de todo su autocontrol para evitar exclamar sorprendido una vez más. A la sombra del puente, donde el río formaba un pequeño remanso, se encontraba bañándose el hombre que le habían descrito y al que llevaba varios días siguiendo.
Era un hombre de complexión robusta, con el pelo rubio y corto excepto una trenza que arrancaba de su nuca y se sumergía en el agua que le llegaba por la cintura. Se encontraba de espaldas a Sebastian, lo que le permitía ver que tenía varios tatuajes en los hombros y antebrazos. Sin embargo, lo que hacía aquella escena cómica y terrible a la vez, era que el hombre cantaba a voz en grito desafinando mucho, aunque extrañamente el resultado era muy bello, y delante de el bailaba sobre el agua un pequeño ser de luz con aspecto de mujer alada. Una musa, su musa.
Los pensamientos se agolpaban en su cerebro, tratando de imponerse unos sobre otros al ritmo frenético de su corazón. No recordaba haberse encontrado nunca en tal estado de confusión y pánico. Hasta que de repente, el hombre dejó de cantar y se giró hacia los arbustos entre los que se escondía. Miró directamente hacia el y sonrió.
- ¡¡Cuánto tiempo!! Me alegro mucho de verte, hermanito.
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sábado, 9 de febrero de 2008
Segundo encuentro (Final)
Llevaba dos días vigilando la destartalada casa que servía de guarida al traficante que le vendió la sustancia multicolor, Dothar, se llamaba. Había podido verle salir y entrar muchas veces, y también a otra docena de hombres de tan mala catadura como el que debía ser su jefe.
No le costaba espiarles, ahora que había recuperado parte de su inspiración era capaz de hacerse pasar casi por cualquiera. Y eso hacia en este mismo momento, acercándose a la puerta del cubil de Dothar con toda tranquilidad, con el aspecto de uno de sus secuaces que había demostrado una especial debilidad por el vino peleón, y que ahora mismo estaba durmiendo la enorme borrachera que él le había financiado.
El hombre que estaba apostado en la puerta, igual de malcarado y desagradable que el resto le dejó pasar no sin antes gritarle y amenazar con partirle las narices por los andares de borracho que exhibía. Una vez dentro se dirigió discretamente hacia un lugar apartado, debajo de las destartaladas escaleras que conducían al la planta superior. Necesitaba acceder al sótano, pero la puerta que llevaba a el estaba fuertemente vigilada y solo Dothar podría franquearla. Había pensado en la posibilidad de disfrazarse del jefe de la banda, pero no le gustaban los planes con cabos sueltos, y ahora mismo no sabía donde se encontraba el traficante.
Clavó rodilla en tierra y miró su palma derecha, el pequeño frasco de irisado líquido parecía brillar en la penumbra de aquel mugriento rincón. No, no parecía, se corrigió, realmente brillaba. Con un suspiro aplastó el frasquito en su puño, sintiendo la punzada de los cristales. Volvió a abrir la mano donde ahora el elixir de colores se mezclaba con su propia sangre. Rápidamente, pues sabía que no duraría mucho, mojó dos dedos de su mano izquierda en la mezcla y con un familiar sentimiento de claridad comenzó a trazar con decisión sobre el sucio suelo lo que en pocos segundos se convirtió en una trampilla de aspecto casi real.
Sonrió con cierta tristeza, casi real se dijo. Apartó la melancolía de su mente y tiró con fuerza de la argolla de la trampilla, que se abrió pesadamente mostrando la mortecina claridad del sótano. Con un ágil salto entró sin hacer ningún ruido y rápidamente comenzó a registrar la colección de maravillas y atrocidades de Dothar.
Por fin, sobre una sucia mesa de trabajo la encontró. Estaba sujeta a un pequeño arnés y lentas gotas de colores que manaban de cortes en sus muñecas caían a un recipiente situado debajo de ella. Desterró las lágrimas que acudieron a sus ojos al ver así a una de sus pequeñas, con manos temblorosas aflojó sus ataduras y la colocó sobre la palma de su mano.
- ¿Que te han hecho? ¿Que puedo hacer para...?
La pequeña fata abrió sus almendrados ojos color cielo y sonrió levemente para convertirse inmediatamente en una ligera neblina multicolor que se desvaneció con el leve soplo de su respiración.
Estaba aturdido, no sabía que hacer. Miraba su mano vacía con una expresión a medio camino entre la tristeza y el terror cuando un pequeño golpe le devolvió a la realidad. Miró hacia la mesa buscando la fuente, en una botella grande, un pequeño ser de aspecto grotesco golpeaba el cristal en su dirección. Lo reconoció como un duende de tinta, algo bastante común en el laboratorio de un traficante, pero este tenía un aire especial. La sustancia viscosa que cubría el cuerpecillo del duende no era del color de alguna tinta, como solía ser habitual, este exudaba un fluido multicolor. Eso y los ojos almendrados color celeste del duendecillo casi paran el corazón del joven, ese bastardo de Dothar había estado dándole la sangre de la pobre musa al duende, torturando a ambos para multiplicar sus beneficios. Sin dudar, extendió la mano hacia la tapa de la botella y la abrió, el pequeño ser saltó a su mano izquierda y le miró a los ojos un segundo antes de fundirse a través de su desgastado guante.
Dothar entró en su laboratorio y vio al joven de espaldas inclinado sobre la mesa donde tenía u recurso más rentable.
- Vaya, vaya, vaya, que tenemos aquí, un ladrón que es hombre muerto y no parece saberlo.
El joven ni siquiera se movió.
- ¿Crees que tus cuchillitos y tus trucos podrán sacarte de esta?
Varios de los hombres del traficante habían bajado también al sótano y empuñaban al igual que su jefe una pléyade de armas. El intruso se dio la vuelta y Dothar se dio cuenta de que el guante que le cubría tanto la mano como el antebrazo izquierdos era ahora de múltiples y vivos colores.
- Creo, mi muy estimado bastardo desalmado, que hoy aprenderás un par de cosillas, una es que las musas no pueden morir, sólo se ausentan temporalmente o...
Miró significativamente el guante multicolor
- ... cambian, la segunda y quizá más importante para tu miserable existencia, es que conozco “trucos” nuevos.
Con unos rápidos gestos dibujó una gran cantidad de llamas sobre las estanterías del laboratorio que parecían casi reales...
No le costaba espiarles, ahora que había recuperado parte de su inspiración era capaz de hacerse pasar casi por cualquiera. Y eso hacia en este mismo momento, acercándose a la puerta del cubil de Dothar con toda tranquilidad, con el aspecto de uno de sus secuaces que había demostrado una especial debilidad por el vino peleón, y que ahora mismo estaba durmiendo la enorme borrachera que él le había financiado.
El hombre que estaba apostado en la puerta, igual de malcarado y desagradable que el resto le dejó pasar no sin antes gritarle y amenazar con partirle las narices por los andares de borracho que exhibía. Una vez dentro se dirigió discretamente hacia un lugar apartado, debajo de las destartaladas escaleras que conducían al la planta superior. Necesitaba acceder al sótano, pero la puerta que llevaba a el estaba fuertemente vigilada y solo Dothar podría franquearla. Había pensado en la posibilidad de disfrazarse del jefe de la banda, pero no le gustaban los planes con cabos sueltos, y ahora mismo no sabía donde se encontraba el traficante.
Clavó rodilla en tierra y miró su palma derecha, el pequeño frasco de irisado líquido parecía brillar en la penumbra de aquel mugriento rincón. No, no parecía, se corrigió, realmente brillaba. Con un suspiro aplastó el frasquito en su puño, sintiendo la punzada de los cristales. Volvió a abrir la mano donde ahora el elixir de colores se mezclaba con su propia sangre. Rápidamente, pues sabía que no duraría mucho, mojó dos dedos de su mano izquierda en la mezcla y con un familiar sentimiento de claridad comenzó a trazar con decisión sobre el sucio suelo lo que en pocos segundos se convirtió en una trampilla de aspecto casi real.
Sonrió con cierta tristeza, casi real se dijo. Apartó la melancolía de su mente y tiró con fuerza de la argolla de la trampilla, que se abrió pesadamente mostrando la mortecina claridad del sótano. Con un ágil salto entró sin hacer ningún ruido y rápidamente comenzó a registrar la colección de maravillas y atrocidades de Dothar.
Por fin, sobre una sucia mesa de trabajo la encontró. Estaba sujeta a un pequeño arnés y lentas gotas de colores que manaban de cortes en sus muñecas caían a un recipiente situado debajo de ella. Desterró las lágrimas que acudieron a sus ojos al ver así a una de sus pequeñas, con manos temblorosas aflojó sus ataduras y la colocó sobre la palma de su mano.
- ¿Que te han hecho? ¿Que puedo hacer para...?
La pequeña fata abrió sus almendrados ojos color cielo y sonrió levemente para convertirse inmediatamente en una ligera neblina multicolor que se desvaneció con el leve soplo de su respiración.
Estaba aturdido, no sabía que hacer. Miraba su mano vacía con una expresión a medio camino entre la tristeza y el terror cuando un pequeño golpe le devolvió a la realidad. Miró hacia la mesa buscando la fuente, en una botella grande, un pequeño ser de aspecto grotesco golpeaba el cristal en su dirección. Lo reconoció como un duende de tinta, algo bastante común en el laboratorio de un traficante, pero este tenía un aire especial. La sustancia viscosa que cubría el cuerpecillo del duende no era del color de alguna tinta, como solía ser habitual, este exudaba un fluido multicolor. Eso y los ojos almendrados color celeste del duendecillo casi paran el corazón del joven, ese bastardo de Dothar había estado dándole la sangre de la pobre musa al duende, torturando a ambos para multiplicar sus beneficios. Sin dudar, extendió la mano hacia la tapa de la botella y la abrió, el pequeño ser saltó a su mano izquierda y le miró a los ojos un segundo antes de fundirse a través de su desgastado guante.
Dothar entró en su laboratorio y vio al joven de espaldas inclinado sobre la mesa donde tenía u recurso más rentable.
- Vaya, vaya, vaya, que tenemos aquí, un ladrón que es hombre muerto y no parece saberlo.
El joven ni siquiera se movió.
- ¿Crees que tus cuchillitos y tus trucos podrán sacarte de esta?
Varios de los hombres del traficante habían bajado también al sótano y empuñaban al igual que su jefe una pléyade de armas. El intruso se dio la vuelta y Dothar se dio cuenta de que el guante que le cubría tanto la mano como el antebrazo izquierdos era ahora de múltiples y vivos colores.
- Creo, mi muy estimado bastardo desalmado, que hoy aprenderás un par de cosillas, una es que las musas no pueden morir, sólo se ausentan temporalmente o...
Miró significativamente el guante multicolor
- ... cambian, la segunda y quizá más importante para tu miserable existencia, es que conozco “trucos” nuevos.
Con unos rápidos gestos dibujó una gran cantidad de llamas sobre las estanterías del laboratorio que parecían casi reales...
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jueves, 7 de febrero de 2008
Segundo encuentro (Primera parte)
La taberna era un sitio lóbrego y maloliente, el fuego de la enorme chimenea y los numerosos parroquianos que abarrotaban el local hacían que el ambiente en aquel lugar fuese aún más asfixiante. El suelo, de madera de aspecto aceitoso y mugriento estaba lleno de todo tipo de desperdicios, incluyendo los que habían bebido hasta perder la verticalidad.
La destartalada puerta se abrió enviando sin ceremonias a un borracho sobre una mesa cercana. Una figura atravesó el umbral sin prestar atención a la trifulca que su entrada había provocado en el local. Recorrió la gran sala con la vista y finalmente se dirigió directamente hacia una pequeña mesa ocupada por un solo hombre de aspecto taciturno.
- Buenas noches, ¿bebéis solo?
El hombre, con una amenaza pintada en cada facción de su rostro levantó la mirada hacia el recién llegado y vio a un joven delgado cubierto con un viejo abrigo y un sombrero de ala ancha que le ensombrecía el rostro. Escupió antes de hablar entre dientes, con los ojos rebosantes de ira mal contenida.
- Quizá si te metes en tus asuntos y desapareces de esta ciudad ahora mismo, no haga que tú no vuelvas a beber, solo quizá.
El joven ni siquiera pestañeó ante las palabras del su amenazador interlocutor, lo que contribuyó a aumentar la ira de éste último que con un rápido gesto empezó a levantarse llevándose la mano hacia el costado. O mejor dicho, intentó hacerlo, porque en lo que dura un parpadeo el joven había hecho surgir dos cuchillos como por arte de magia, clavando con uno de ellos la manga del sorprendido hombre a la mesa y colocando el otro sobre su cuello.
- Mis palabras eran sólo una cortés invitación para que bebamos juntos, por favor, sentaos.
Sin apartar la mirada de los ojos del otro, ambos hombres se sentaron. Con unos hipnóticos giros ambos cuchillos desaparecieron en las mangas del joven, que ahora sonreía.
- Así mucho mejor, esperaba que hubiésemos podido hablar sin tener que llegar a estos extremos, pero qué se le va a hacer. Bien, quería hablar con vos sobre una mercancía muy muy especial de la que he oído maravillas.
El rostro del asustado maleante se relajó visiblemente, dejando incluso escapar un suspiro de alivio.
- ¡Ah! Era eso lo que buscáis. Jajaja, ¡¡Haberlo dicho antes hombre!!
Con una sonrisa tensa tallada en el rostro, rebuscó en sus bolsillos. Temblando, depositó sobre la mesa una pequeña ampolla de cristal llena de una sustancia viscosa de vivos colores.
- Esto es lo que buscáis. Sus efectos son sorprendentes, aunque no es barato. Sin embargo, os aseguro que una sola gota de este elixir hará del artista más inútil un genio... por un tiempo limitado, claro.
El joven, que no había dejado de mirar fijamente el frasquito, metió la mano en uno de sus bolsillos y extrajo un puñado de gemas de múltiples colores.
- Espero que esto sea suficiente.
Sorprendido, el traficante empujó la ampolla hacia el joven y recogió las gemas con codicia, mirando alguna de cerca para comprobar su calidad.
- Jejeje, en un par de días tendré más, por si os int..
- No, con esto tengo de sobra.
Sin decir nada más, se levantó y salió del hediondo local. En la fría noche miró el pequeño frasco que sostenía en la mano mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla. Cerró el puño y ya solo quedaba determinación en su rostro. En unos rápidos pasos había desaparecido en la oscuridad.
La destartalada puerta se abrió enviando sin ceremonias a un borracho sobre una mesa cercana. Una figura atravesó el umbral sin prestar atención a la trifulca que su entrada había provocado en el local. Recorrió la gran sala con la vista y finalmente se dirigió directamente hacia una pequeña mesa ocupada por un solo hombre de aspecto taciturno.
- Buenas noches, ¿bebéis solo?
El hombre, con una amenaza pintada en cada facción de su rostro levantó la mirada hacia el recién llegado y vio a un joven delgado cubierto con un viejo abrigo y un sombrero de ala ancha que le ensombrecía el rostro. Escupió antes de hablar entre dientes, con los ojos rebosantes de ira mal contenida.
- Quizá si te metes en tus asuntos y desapareces de esta ciudad ahora mismo, no haga que tú no vuelvas a beber, solo quizá.
El joven ni siquiera pestañeó ante las palabras del su amenazador interlocutor, lo que contribuyó a aumentar la ira de éste último que con un rápido gesto empezó a levantarse llevándose la mano hacia el costado. O mejor dicho, intentó hacerlo, porque en lo que dura un parpadeo el joven había hecho surgir dos cuchillos como por arte de magia, clavando con uno de ellos la manga del sorprendido hombre a la mesa y colocando el otro sobre su cuello.
- Mis palabras eran sólo una cortés invitación para que bebamos juntos, por favor, sentaos.
Sin apartar la mirada de los ojos del otro, ambos hombres se sentaron. Con unos hipnóticos giros ambos cuchillos desaparecieron en las mangas del joven, que ahora sonreía.
- Así mucho mejor, esperaba que hubiésemos podido hablar sin tener que llegar a estos extremos, pero qué se le va a hacer. Bien, quería hablar con vos sobre una mercancía muy muy especial de la que he oído maravillas.
El rostro del asustado maleante se relajó visiblemente, dejando incluso escapar un suspiro de alivio.
- ¡Ah! Era eso lo que buscáis. Jajaja, ¡¡Haberlo dicho antes hombre!!
Con una sonrisa tensa tallada en el rostro, rebuscó en sus bolsillos. Temblando, depositó sobre la mesa una pequeña ampolla de cristal llena de una sustancia viscosa de vivos colores.
- Esto es lo que buscáis. Sus efectos son sorprendentes, aunque no es barato. Sin embargo, os aseguro que una sola gota de este elixir hará del artista más inútil un genio... por un tiempo limitado, claro.
El joven, que no había dejado de mirar fijamente el frasquito, metió la mano en uno de sus bolsillos y extrajo un puñado de gemas de múltiples colores.
- Espero que esto sea suficiente.
Sorprendido, el traficante empujó la ampolla hacia el joven y recogió las gemas con codicia, mirando alguna de cerca para comprobar su calidad.
- Jejeje, en un par de días tendré más, por si os int..
- No, con esto tengo de sobra.
Sin decir nada más, se levantó y salió del hediondo local. En la fría noche miró el pequeño frasco que sostenía en la mano mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla. Cerró el puño y ya solo quedaba determinación en su rostro. En unos rápidos pasos había desaparecido en la oscuridad.
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viernes, 21 de diciembre de 2007
El hallazgo
El interior desordenado, sucio y oscuro de la pequeña tienda parecía abrazar al recién llegado como el hijo pródigo que vuelve tras largo viaje. Sus ropas, igual de desordenadas, sucias y oscuras que su apócrifa madre, dejaban entrever sólo una pequeña porción de su blanquecino y demacrado rostro.
El ser, aparentemente humano y de sexo indeterminado, que regentaba la tienda salió al encuentro de su posible cliente con lo que Sebastian supuso que pretendía ser una sonrisa, él lo clasificaría en el apartado de muecas espeluznantes.
- ¿Que puede este humilde buhonero ofrecer a tan apuesto viajero?
- He oído que tienes a la venta una mercancía muy especial... una mercancía... viva.
- ¡Oh! ¡Tengo a la venta gran cantidad de mercancías vivas para cubrir todas las... necesidades que pueda tener un caballero como vos!
- No me interesa tu morralla agonizante, sé que hace poco conseguiste hacerte con una fata viva. Quiero comprarla.
- Ji ji ji, parece ser que hay gente que habla demasiado...
- Si se les... persuade lo suficiente... sí.
- ¿Crees que cualquier matón de tres al cuarto puede venir a mi casa a pedirme algo que jamás podría soñar con poder pagar? Esa es una mercancía de reyes, ¡no de mendigos!
- Je, ¿entonces por qué la tienes tú? - Alzó una mano en señal de calma ante el gesto de irritación del buhonero y con la otra sacó del bolsillo de su desgastado abrigo un puñado de brillantes gemas- Como comprobarás, tengo más riquezas de las que nunca podrías soñar con poder ganar.
La expresión del vendedor cambió de inmediato a una cara de asombro y codicia, y en menos de cuatro latidos de corazón había vuelto de la trastienda con una jaula cubierta por un mugriento trapo.
- Aquí está - levantó levemente el trapo por el lado más cercano a Sebastian y una tenue luz iluminó todo el siniestro local - ¡Es una fata auténtica! ¡Ya podéis ver lo poderosa que es su Luz!
El viajero depositó el puñado de gemas en uno de los platos de una balanza cubierta de telarañas que había a su lado y añadió otros dos más
- Es exactamente lo que andaba buscando
Recogió la jaula que le tendía el buhonero, el cual se abalanzó sobre la pequeña pila de gemas con una lujuriosa mirada de codicia en sus marchitos ojos.
- Y decidme, poderoso señor, ¿que encantamiento o experimento vais a realizar con ese bichejo? - Sus manos se crisparon dejando caer algunas gemas mientras sus ojos se abrían como platos al notar que la iluminación en el sucio cuchitril había aumentado enormemente. - ¡¡Idiota!! ¡¡No descubras la jaula!! Podría llegar a...
Las palabras agonizaron en su garganta cuando se giró y vio a su cliente con un pequeño ser alado de formas femeninas de pura luz posado en su mano.
- ¿Que te han hecho, pequeña? ¿Por que me abandonaste? - Sebastian derramó una lágrima mientras con un gesto tierno acercaba al pequeño ser a su corazón. Con un pequeño destello, la luminosa figura se fundió en el pecho del viajero.
El paralizado buhonero apenas podía respirar, pero pudo captar como las ropas de su cliente ahora mostraban sus colores, muy apagados y casi grises, que abarcaban toda la gama cromática. Con la cara algo más iluminada y sonriente, Sebastian se acercó lentamente al aterrorizado vendedor.
- Y ahora vas a explicarme como llegó a tus asquerosas zarpas una de mis musas perdidas...
El ser, aparentemente humano y de sexo indeterminado, que regentaba la tienda salió al encuentro de su posible cliente con lo que Sebastian supuso que pretendía ser una sonrisa, él lo clasificaría en el apartado de muecas espeluznantes.
- ¿Que puede este humilde buhonero ofrecer a tan apuesto viajero?
- He oído que tienes a la venta una mercancía muy especial... una mercancía... viva.
- ¡Oh! ¡Tengo a la venta gran cantidad de mercancías vivas para cubrir todas las... necesidades que pueda tener un caballero como vos!
- No me interesa tu morralla agonizante, sé que hace poco conseguiste hacerte con una fata viva. Quiero comprarla.
- Ji ji ji, parece ser que hay gente que habla demasiado...
- Si se les... persuade lo suficiente... sí.
- ¿Crees que cualquier matón de tres al cuarto puede venir a mi casa a pedirme algo que jamás podría soñar con poder pagar? Esa es una mercancía de reyes, ¡no de mendigos!
- Je, ¿entonces por qué la tienes tú? - Alzó una mano en señal de calma ante el gesto de irritación del buhonero y con la otra sacó del bolsillo de su desgastado abrigo un puñado de brillantes gemas- Como comprobarás, tengo más riquezas de las que nunca podrías soñar con poder ganar.
La expresión del vendedor cambió de inmediato a una cara de asombro y codicia, y en menos de cuatro latidos de corazón había vuelto de la trastienda con una jaula cubierta por un mugriento trapo.
- Aquí está - levantó levemente el trapo por el lado más cercano a Sebastian y una tenue luz iluminó todo el siniestro local - ¡Es una fata auténtica! ¡Ya podéis ver lo poderosa que es su Luz!
El viajero depositó el puñado de gemas en uno de los platos de una balanza cubierta de telarañas que había a su lado y añadió otros dos más
- Es exactamente lo que andaba buscando
Recogió la jaula que le tendía el buhonero, el cual se abalanzó sobre la pequeña pila de gemas con una lujuriosa mirada de codicia en sus marchitos ojos.
- Y decidme, poderoso señor, ¿que encantamiento o experimento vais a realizar con ese bichejo? - Sus manos se crisparon dejando caer algunas gemas mientras sus ojos se abrían como platos al notar que la iluminación en el sucio cuchitril había aumentado enormemente. - ¡¡Idiota!! ¡¡No descubras la jaula!! Podría llegar a...
Las palabras agonizaron en su garganta cuando se giró y vio a su cliente con un pequeño ser alado de formas femeninas de pura luz posado en su mano.
- ¿Que te han hecho, pequeña? ¿Por que me abandonaste? - Sebastian derramó una lágrima mientras con un gesto tierno acercaba al pequeño ser a su corazón. Con un pequeño destello, la luminosa figura se fundió en el pecho del viajero.
El paralizado buhonero apenas podía respirar, pero pudo captar como las ropas de su cliente ahora mostraban sus colores, muy apagados y casi grises, que abarcaban toda la gama cromática. Con la cara algo más iluminada y sonriente, Sebastian se acercó lentamente al aterrorizado vendedor.
- Y ahora vas a explicarme como llegó a tus asquerosas zarpas una de mis musas perdidas...
Dedicado al duendecillo que me ha devuelto la inspiración ;P
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