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miércoles, 5 de marzo de 2008

Revelaciones (Final)

La cara de Sebastian no terminaba de decidirse entre la sorpresa y la confusión. Lentamente, se incorporó mientras el extraño salía del agua y se acercaba a por la ropa que había dejado en la orilla.

- ¿Hermano? ¡Yo no tengo ningún hermano! ¿Cómo has podido verme?

Sebastian sentía ansiedad, incertidumbre, apenas si podía pensar con claridad. El extraño se giró hacia el con solo unos raídos pantalones de cuero puestos, en medio de su pecho destacaba tatuada una letra O de medio palmo de altura. Miró a sebastian y lanzó una carcajada.

- No me digas que tu tampoco recuerdas nada... - Con un cómico suspiro miró al cielo - Jeeesus, vaya jaleo se ha montado...

No entendía de que estaba hablando este extraño personaje, trató de recordar a algún hermano en su infancia pero no pudo, sin embargo poco a poco una terrible certeza se abrió camino hacia su mente. No recordaba nada, su último recuerdo se remontaba a hacía un par de meses cuando entró en aquella oscura tienda y encontró a la primera de sus musas...

Se le heló la sangre, ¡su musa!

- ¿Donde...?

Con un gesto firme y seguro, el extraño apoyó su mano sobre el hombro de Sebastian mientras le sonreía.

- Tranquilo, está bien, he cuidado de ella.

La pequeña musa voló hasta la mano del desconocido, le lanzó un beso y voló de nuevo hacia Sebastian riendo alegremente y fundiéndose en su garganta.

- Debes seguir buscándolas, no importa lo que recuerdes ni lo que creas, alguien ha hecho algo terrible y se ha alterado lo que debía pasar. No se porqué yo me he mantenido sin cambiar, pero tu y el otro de nuestros hermanos que me he encontrado desde aquello habéis perdido la memoria. Quizá reunirte con todas tus pequeñas te complete de nuevo.

- ¿Otro hermano? ¡Tienes que contarme más!

Miró a su recién descubierto hermano mientras se ponía un simple chaleco de cuero sobre el torso desnudo. El tatuaje de su pecho podría ser también una Q

- Bueno, no te pongas nervioso, te contare unas cuantas cosas que he averiguado, aunque no a cambio de nada...

- Si lo que buscas es dinero... - Sacó un puñado de gemas del bolsillo de su abrigo.

- Ja ja ja ¡Vaya! ¡Aun tienes ese abrigo tan útil! - Cogió las gemas que le tendía el otro y observó con detenimiento un rubí perfecto - Siempre tuviste talento para estas cosas.

Lanzó el rubí al agua del río haciendo que saltase varias veces sobre su superficie y empezó a caminar hacia el puente.

- ¿No vas a venir? En realidad el pago que quiero es que me amenices un poco el camino cantando algo, yo lo hago fatal je je je.

Mil preguntas se agolpaban en la mente de Sebastian, sacudió la cabeza para aclararse un poco y vio que el extraño se alejaba a buen paso. Dudó solo un momento antes de correr para alcanzarle.

Sin saber por qué, de repente tuvo claro que el tatuaje del pecho de este que decía ser su hermano era un cero.

martes, 4 de marzo de 2008

Revelaciones (Primera parte)

Sebastian caminaba por un camino que discurría junto al margen de un río poco profundo, agradeciendo la sombra de los árboles que crecían en la rivera del cauce. Llevaba ya varias horas andando desde que en el último pueblo le indicasen que el hombre al que había estado siguiendo la pista había partido en esta dirección. Estaba convencido de que éste retenía a otra de sus amadas musas y que de algún modo sabía que Sebastian le estaba buscando, por eso había huido del pueblo.

Con estos pensamientos rondándole llegó a una curva del cauce que el camino salvaba mediante un pequeño puente de madera escondido entre los árboles. El lugar perfecto para una emboscada, pensó Sebastian. Aunque este pensamiento se desvaneció
en un mar de sorpresa casi nada más nacer, de entre la vegetación de la orilla junto al puente venia una melodía potente y desafinada. Alguien estaba cantando, todos los planes y estrategias de Sebastian de derrumbaron ante la posibilidad de que quien cantase fuese su presa.

Proyectando la ilusión de ser invisible, se acercó con cuidado a la arboleda que rodeaba el puente. Cuando se asomó al cauce necesitó de todo su autocontrol para evitar exclamar sorprendido una vez más. A la sombra del puente, donde el río formaba un pequeño remanso, se encontraba bañándose el hombre que le habían descrito y al que llevaba varios días siguiendo.

Era un hombre de complexión robusta, con el pelo
rubio y corto excepto una trenza que arrancaba de su nuca y se sumergía en el agua que le llegaba por la cintura. Se encontraba de espaldas a Sebastian, lo que le permitía ver que tenía varios tatuajes en los hombros y antebrazos. Sin embargo, lo que hacía aquella escena cómica y terrible a la vez, era que el hombre cantaba a voz en grito desafinando mucho, aunque extrañamente el resultado era muy bello, y delante de el bailaba sobre el agua un pequeño ser de luz con aspecto de mujer alada. Una musa, su musa.

Los pensamientos se agolpaban en su cerebro, tratando de imponerse unos sobre otros al ritmo frenético de su corazón. No recordaba haberse encontrado nunca en tal estado de confusión y pánico. Hasta que de repente, el hombre dejó de cantar y se giró hacia los arbustos entre los que se escondía. Miró directamente hacia el y sonrió.

- ¡¡Cuánto tiempo!! Me alegro mucho de verte, hermanito.

Continuará...

sábado, 9 de febrero de 2008

Segundo encuentro (Final)

Llevaba dos días vigilando la destartalada casa que servía de guarida al traficante que le vendió la sustancia multicolor, Dothar, se llamaba. Había podido verle salir y entrar muchas veces, y también a otra docena de hombres de tan mala catadura como el que debía ser su jefe.

No le costaba espiarles, ahora que había recuperado parte de su inspiración era capaz de hacerse pasar casi por cualquiera. Y eso hacia en este mismo momento, acercándose a la puerta del cubil de Dothar con toda tranquilidad, con el aspecto de uno de sus secuaces que había demostrado una especial debilidad por el vino peleón, y que ahora mismo estaba durmiendo la enorme borrachera que él le había financiado.

El hombre que estaba apostado en la puerta, igual de malcarado y desagradable que el resto le dejó pasar no sin antes gritarle y amenazar con partirle las narices por los andares de borracho que exhibía. Una vez dentro se dirigió discretamente hacia un lugar apartado, debajo de las destartaladas escaleras que conducían al la planta superior. Necesitaba acceder al sótano, pero la puerta que llevaba a el estaba fuertemente vigilada y solo Dothar podría franquearla. Había pensado en la posibilidad de disfrazarse del jefe de la banda, pero no le gustaban los planes con cabos sueltos, y ahora mismo no sabía donde se encontraba el traficante.

Clavó rodilla en tierra y miró su palma derecha, el pequeño frasco de irisado líquido parecía brillar en la penumbra de aquel mugriento rincón. No, no parecía, se corrigió, realmente brillaba. Con un suspiro aplastó el frasquito en su puño, sintiendo la punzada de los cristales. Volvió a abrir la mano donde ahora el elixir de colores se mezclaba con su propia sangre. Rápidamente, pues sabía que no duraría mucho, mojó dos dedos de su mano izquierda en la mezcla y con un familiar sentimiento de claridad comenzó a trazar con decisión sobre el sucio suelo lo que en pocos segundos se convirtió en una trampilla de aspecto casi real.

Sonrió con cierta tristeza, casi real se dijo. Apartó la melancolía de su mente y tiró con fuerza de la argolla de la trampilla, que se abrió pesadamente mostrando la mortecina claridad del sótano. Con un ágil salto entró sin hacer ningún ruido y rápidamente comenzó a registrar la colección de maravillas y atrocidades de Dothar.

Por fin, sobre una sucia mesa de trabajo la encontró. Estaba sujeta a un pequeño arnés y lentas gotas de colores que manaban de cortes en sus muñecas caían a un recipiente situado debajo de ella. Desterró las lágrimas que acudieron a sus ojos al ver así a una de sus pequeñas, con manos temblorosas aflojó sus ataduras y la colocó sobre la palma de su mano.

- ¿Que te han hecho? ¿Que puedo hacer para...?

La pequeña fata abrió sus almendrados ojos color cielo y sonrió levemente para convertirse inmediatamente en una ligera neblina multicolor que se desvaneció con el leve soplo de su respiración.

Estaba aturdido, no sabía que hacer. Miraba su mano vacía con una expresión a medio camino entre la tristeza y el terror cuando un pequeño golpe le devolvió a la realidad. Miró hacia la mesa buscando la fuente, en una botella grande, un pequeño ser de aspecto grotesco golpeaba el cristal en su dirección. Lo reconoció como un duende de tinta, algo bastante común en el laboratorio de un traficante, pero este tenía un aire especial. La sustancia viscosa que cubría el cuerpecillo del duende no era del color de alguna tinta, como solía ser habitual, este exudaba un fluido multicolor. Eso y los ojos almendrados color celeste del duendecillo casi paran el corazón del joven, ese bastardo de Dothar había estado dándole la sangre de la pobre musa al duende, torturando a ambos para multiplicar sus beneficios. Sin dudar, extendió la mano hacia la tapa de la botella y la abrió, el pequeño ser saltó a su mano izquierda y le miró a los ojos un segundo antes de fundirse a través de su desgastado guante.

Dothar entró en su laboratorio y vio al joven de espaldas inclinado sobre la mesa donde tenía u recurso más rentable.

- Vaya, vaya, vaya, que tenemos aquí, un ladrón que es hombre muerto y no parece saberlo.

El joven ni siquiera se movió.

- ¿Crees que tus cuchillitos y tus trucos podrán sacarte de esta?

Varios de los hombres del traficante habían bajado también al sótano y empuñaban al igual que su jefe una pléyade de armas. El intruso se dio la vuelta y Dothar se dio cuenta de que el guante que le cubría tanto la mano como el antebrazo izquierdos era ahora de múltiples y vivos colores.

- Creo, mi muy estimado bastardo desalmado, que hoy aprenderás un par de cosillas, una es que las musas no pueden morir, sólo se ausentan temporalmente o...

Miró significativamente el guante multicolor

- ... cambian, la segunda y quizá más importante para tu miserable existencia, es que conozco “trucos” nuevos.

Con unos rápidos gestos dibujó una gran cantidad de llamas sobre las estanterías del laboratorio que parecían casi reales...

jueves, 7 de febrero de 2008

Segundo encuentro (Primera parte)

La taberna era un sitio lóbrego y maloliente, el fuego de la enorme chimenea y los numerosos parroquianos que abarrotaban el local hacían que el ambiente en aquel lugar fuese aún más asfixiante. El suelo, de madera de aspecto aceitoso y mugriento estaba lleno de todo tipo de desperdicios, incluyendo los que habían bebido hasta perder la verticalidad.

La destartalada puerta se abrió enviando sin ceremonias a un borracho sobre una mesa cercana. Una figura atravesó el umbral sin prestar atención a la trifulca que su entrada había provocado en el local. Recorrió la gran sala con la vista y finalmente se dirigió directamente hacia una pequeña mesa ocupada por un solo hombre de aspecto taciturno.

- Buenas noches, ¿bebéis solo?

El hombre, con una amenaza pintada en cada facción de su rostro levantó la mirada hacia el recién llegado y vio a un joven delgado cubierto con un viejo abrigo y un sombrero de ala ancha que le ensombrecía el rostro. Escupió antes de hablar entre dientes, con los ojos rebosantes de ira mal contenida.

- Quizá si te metes en tus asuntos y desapareces de esta ciudad ahora mismo, no haga que tú no vuelvas a beber, solo quizá.

El joven ni siquiera pestañeó ante las palabras del su amenazador interlocutor, lo que contribuyó a aumentar la ira de éste último que con un rápido gesto empezó a levantarse llevándose la mano hacia el costado. O mejor dicho, intentó hacerlo, porque en lo que dura un parpadeo el joven había hecho surgir dos cuchillos como por arte de magia, clavando con uno de ellos la manga del sorprendido hombre a la mesa y colocando el otro sobre su cuello.

- Mis palabras eran sólo una cortés invitación para que bebamos juntos, por favor, sentaos.

Sin apartar la mirada de los ojos del otro, ambos hombres se sentaron. Con unos hipnóticos giros ambos cuchillos desaparecieron en las mangas del joven, que ahora sonreía.

- Así mucho mejor, esperaba que hubiésemos podido hablar sin tener que llegar a estos extremos, pero qué se le va a hacer. Bien, quería hablar con vos sobre una mercancía muy muy especial de la que he oído maravillas.

El rostro del asustado maleante se relajó visiblemente, dejando incluso escapar un suspiro de alivio.

- ¡Ah! Era eso lo que buscáis. Jajaja, ¡¡Haberlo dicho antes hombre!!

Con una sonrisa tensa tallada en el rostro, rebuscó en sus bolsillos. Temblando, depositó sobre la mesa una pequeña ampolla de cristal llena de una sustancia viscosa de vivos colores.

- Esto es lo que buscáis. Sus efectos son sorprendentes, aunque no es barato. Sin embargo, os aseguro que una sola gota de este elixir hará del artista más inútil un genio... por un tiempo limitado, claro.

El joven, que no había dejado de mirar fijamente el frasquito, metió la mano en uno de sus bolsillos y extrajo un puñado de gemas de múltiples colores.

- Espero que esto sea suficiente.

Sorprendido, el traficante empujó la ampolla hacia el joven y recogió las gemas con codicia, mirando alguna de cerca para comprobar su calidad.

- Jejeje, en un par de días tendré más, por si os int..

- No, con esto tengo de sobra.

Sin decir nada más, se levantó y salió del hediondo local. En la fría noche miró el pequeño frasco que sostenía en la mano mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla. Cerró el puño y ya solo quedaba determinación en su rostro. En unos rápidos pasos había desaparecido en la oscuridad.

Continuará...

viernes, 21 de diciembre de 2007

El hallazgo

El interior desordenado, sucio y oscuro de la pequeña tienda parecía abrazar al recién llegado como el hijo pródigo que vuelve tras largo viaje. Sus ropas, igual de desordenadas, sucias y oscuras que su apócrifa madre, dejaban entrever sólo una pequeña porción de su blanquecino y demacrado rostro.
El ser, aparentemente humano y de sexo indeterminado, que regentaba la tienda salió al encuentro de su posible cliente con lo que Sebastian supuso que pretendía ser una sonrisa, él lo clasificaría en el apartado de muecas espeluznantes.

- ¿Que puede este humilde buhonero ofrecer a tan apuesto viajero?

- He oído que tienes a la venta una mercancía muy especial... una mercancía... viva.

- ¡Oh! ¡Tengo a la venta gran cantidad de mercancías vivas para cubrir todas las... necesidades que pueda tener un caballero como vos!

- No me interesa tu morralla agonizante, sé que hace poco conseguiste hacerte con una fata viva. Quiero comprarla.

- Ji ji ji, parece ser que hay gente que habla demasiado...

- Si se les... persuade lo suficiente... sí.

- ¿Crees que cualquier matón de tres al cuarto puede venir a mi casa a pedirme algo que jamás podría soñar con poder pagar? Esa es una mercancía de reyes, ¡no de mendigos!

- Je, ¿entonces por qué la tienes tú? - Alzó una mano en señal de calma ante el gesto de irritación del buhonero y con la otra sacó del bolsillo de su desgastado abrigo un puñado de brillantes gemas- Como comprobarás, tengo más riquezas de las que nunca podrías soñar con poder ganar.

La expresión del vendedor cambió de inmediato a una cara de asombro y codicia, y en menos de cuatro latidos de corazón había vuelto de la trastienda con una jaula cubierta por un mugriento trapo.

- Aquí está - levantó levemente el trapo por el lado más cercano a Sebastian y una tenue luz iluminó todo el siniestro local - ¡Es una fata auténtica! ¡Ya podéis ver lo poderosa que es su Luz!

El viajero depositó el puñado de gemas en uno de los platos de una balanza cubierta de telarañas que había a su lado y añadió otros dos más

- Es exactamente lo que andaba buscando

Recogió la jaula que le tendía el buhonero, el cual se abalanzó sobre la pequeña pila de gemas con una lujuriosa mirada de codicia en sus marchitos ojos.

- Y decidme, poderoso señor, ¿que encantamiento o experimento vais a realizar con ese bichejo? - Sus manos se crisparon dejando caer algunas gemas mientras sus ojos se abrían como platos al notar que la iluminación en el sucio cuchitril había aumentado enormemente. - ¡¡Idiota!! ¡¡No descubras la jaula!! Podría llegar a...

Las palabras agonizaron en su garganta cuando se giró y vio a su cliente con un pequeño ser alado de formas femeninas de pura luz posado en su mano.

- ¿Que te han hecho, pequeña? ¿Por que me abandonaste? - Sebastian derramó una lágrima mientras con un gesto tierno acercaba al pequeño ser a su corazón. Con un pequeño destello, la luminosa figura se fundió en el pecho del viajero.

El paralizado buhonero apenas podía respirar, pero pudo captar como las ropas de su cliente ahora mostraban sus colores, muy apagados y casi grises, que abarcaban toda la gama cromática. Con la cara algo más iluminada y sonriente, Sebastian se acercó lentamente al aterrorizado vendedor.

- Y ahora vas a explicarme como llegó a tus asquerosas zarpas una de mis musas perdidas...


Dedicado al duendecillo que me ha devuelto la inspiración ;P