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Primer día
Primer día (continuación)
Muertos que caminan
- Hola de nuevo, hijo, ¿que tal?
Alberto observó con detenimiento a Emeterus, al que no había vuelto a ver desde el día que entró en la agencia. Suponía que tarde o temprano su propensión a desobedecer las órdenes de sus superiores le acabaría causando problemas serios, y este debía ser ese momento.
Bueno, por lo que dicen de ti tus superiores, veo que tienes dificultades para cumplir órdenes. ¿algo que alegar en tu defensa?
- ¿El hecho de que todas esas órdenes provengan de individuos totalmente inútiles sirve como argumento?
- Si lo desarrollas un poco más, quizá...
- Veamos, he participado en una docena de misiones de campo. En todas ellas el jefe del equipo era un individuo con una capacidad nula para el liderazgo, la estrategia y abrir la boca sin soltar estupideces por ella. Si aquellas misiones llegaron a buen término fue porque yo o algún otro miembro del equipo actuamos sin hacer caso al inútil que supuestamente nos dirigía.
- Así que cuestionas mi capacidad para elegir quien lidera los equipos.
- Cuestiono la capacidad para dirigir equipos de los agentes que usted selecciona para ese fin, señor.
- Ja ja ja – Emeterus se puso en pie y caminó por su despacho, deteniendose delante de un tapiz que aparentaba ser tremendamente antiguo – Verás, a veces es necesario enfrentar a las personas a situaciones absurdas para comprobar si serían capaces de sobrevivir a ellas.
- ¿Insinúa que su elección de los agentes más incapaces como líderes de grupo es totalemte intencionada?
Emeterus se mesó su espesa barba y se giró hacia Alberto, su expesión indicaba que estaba pensando como enfocar sus siguientes palabras.
- Digamos que el método de actuación que has seguido hasta ahora satisface al Gobierno, y además sirve como criba para comprobar cuales de los reclutas de la agencia merecen realmente la pena. - Alberto se removió en su sitio y Emeterus alzó la mano en un gesto conciliador, adivinando el motivo de su inquietud – No, no creas que lo que has hecho hasta ahora, ni los compañeros que has perdido han sido en vano. Tus misiones hasta ahora han sido reales, pero digamos que los agentes que pasan la criba se dedican a tareas mas... delicadas.
- ¿Así que voy a ser ascendido a una unidad dedicada a misiones de mayor importancia?
- ¿Ascendido? Ja ja ja. Agente, por su contínuo desprecio a la cadena de mando y su comportamiento indisciplinado, queda usted relegado de sus funciones y destinado a realizar tareas administrativas hasta nueva orden.
La cara de Alberto se contrajo en una mueca de sorpresa, con la mirada clavada en el inexpresivo semblante de Emeterus.
- Reginald, ¿serías tan amable de acompañar al caballero a su nuevo destino?
El apuesto y siempre sonriente ayudante de Emeterus pareció materializarse de la nada y se acercó hacia Alberto.
- Hay un coche esperándonos, sígueme por favor.
Subieron un par de plantas hasta el garaje, que comunicaba con el aparcamiento subterraneo del edificio que servía como tapadera a las dependencias de la agencia. Allí una furgoneta les esperaba con el motor en marcha. Mientras subían Reginald señaló hacia la parte trasera del vehículo.
- Utilizaremos este medio de transporte por las especiales necesidades de su nuevo compañero, Germán. Germán, este es Alberto.
Sentado en la caja de la furgoneta se encontraba un hombre de unos dos metros de alto, con unos rasgos de aspecto rugoso y pelo semejante a hierba.
- Hola.
A Alberto le dió un escalofrío, la voz de aquel ser era rasposa y profunda. Reginald empujó suevemente al sorprendido agente para que terminase de entrar. Cuando todos estuvieron sentados la furgoneta se puso en marcha.
- Bien, una vez hechas las presentaciones os explicare vuestra primera “tarea administrativa” - Reginald sonrió, y Alberto habría jurado que sus ojos habían cambiado de tono por un segundo. - ¿Que sabeis de los Mimos?
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miércoles, 3 de septiembre de 2008
martes, 17 de junio de 2008
Muertos que caminan
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Primer día
Primer día (continuación)
Se movían entre los pinos con mucho cuidado, las agujas secas que cubrían el suelo complicaban este empeño, pero era la única zona por la que podían acercarse al pueblo.
Alberto había pasado tres meses de adiestramiento en esta misteriosa agencia gubernamental que ni siquiera tenía nombre, cada agente se refería como mejor le parecía aunque lo cierto es que lo normal era simplemente no hacerlo. Esta era su primera misión de campo, y parecía sacada del guión de una película de serie b, un pueblo en medio de la nada atacado por zombis, lo tópico e irreal de la situación le hacía sonreír.
Los zombis existían, si. Como la mayor parte de los monstruos sobrenaturales del imaginario popular, aunque también como en la mayoría de los demás seres las supersticiones no eran del todo acertadas. Alberto había estudiado a fondo todos los datos disponibles sobre estas abominaciones, no se trataba de muertos vivientes exactamente, aunque la parte de la infección a través del mordisco de un zombi si que era cierta. Existía por lo visto un tipo de ser de la oscuridad de pequeño tamaño y aspecto insectoide que en estado larvario podía abrirse camino hasta la cavidad craneal de la víctima, devorar el cerebro y tomar control de las funciones sensoriales y motoras del huésped. Así se obtenía un monstruo de movimientos lentos y tambaleantes, inteligencia animal y en estado de descomposición dado que el parásito solo era capaz de mantener el cuerpo durante unos cuantos días. La propagación de la infección está provocada por los huevos que el parásito deposita en la garganta del huésped de los que eclosionan en pocos minutos miles de larvas que aprovechan cualquier herida abierta, como por ejemplo un mordisco, para infectar a su vez a otras víctimas.
Alberto prefería la versión clásica de estos monstruos, no podía dejar de pensar en todas esas larvas minúsculas entrando en su cuerpo y abriéndose camino hasta su cerebro. Un escalofrío ascendió por su columna vertebral al volver a pensar en ello y cuando llegó hasta su cuello explotó iluminando el pinar que estaba viendo. Un hedor insoportable le abrazó revolviendole el estómago, cuando una docena de cuerpos semipodridos se abalanzó hacia ellos. Había visto suficiente, poniendo en práctica lo aprendido sobre sus capacidades premonitorias se concentró en tratar de ver de nuevo el mundo real, desconectando la visión del combate con los zombis. Aún no se había recuperado de la sensación de vértigo que le producía volver de una visión, pero en cuanto se vio capaz de hablar gritó a sus compañeros para que se preparasen.
Cuando los zombis se lanzaran a por el grupo de agentes fueron recibidos con disparos y chorros de una sustancias viscosa y adherente en llamas. Era la única forma de asegurar que ninguna de las pequeñas larvas escapaba, no podrían infectarles por los trajes con los que iban protegidos, pero la agencia no dejaba cabos sueltos.
El pueblo se consumía en un infierno de llamas avivadas por las capacidades de dos de los agentes que le acompañaban. Marcó un número en su teléfono móvil y esperó, cuando oyó que descolgaban dijo simplemente “terminado” y arrojó el terminal a las llamas que ya se extendían voraces por el bosque.
Lejos de ellos, escondido entre unos arbustos, un ser cuyo aspecto recordaba al de un cerdo observaba a los humanos con ojos vidriosos mientras diminutas larvas entraban y salían de su boca y hocico.
Primer día
Primer día (continuación)
Se movían entre los pinos con mucho cuidado, las agujas secas que cubrían el suelo complicaban este empeño, pero era la única zona por la que podían acercarse al pueblo.
Alberto había pasado tres meses de adiestramiento en esta misteriosa agencia gubernamental que ni siquiera tenía nombre, cada agente se refería como mejor le parecía aunque lo cierto es que lo normal era simplemente no hacerlo. Esta era su primera misión de campo, y parecía sacada del guión de una película de serie b, un pueblo en medio de la nada atacado por zombis, lo tópico e irreal de la situación le hacía sonreír.
Los zombis existían, si. Como la mayor parte de los monstruos sobrenaturales del imaginario popular, aunque también como en la mayoría de los demás seres las supersticiones no eran del todo acertadas. Alberto había estudiado a fondo todos los datos disponibles sobre estas abominaciones, no se trataba de muertos vivientes exactamente, aunque la parte de la infección a través del mordisco de un zombi si que era cierta. Existía por lo visto un tipo de ser de la oscuridad de pequeño tamaño y aspecto insectoide que en estado larvario podía abrirse camino hasta la cavidad craneal de la víctima, devorar el cerebro y tomar control de las funciones sensoriales y motoras del huésped. Así se obtenía un monstruo de movimientos lentos y tambaleantes, inteligencia animal y en estado de descomposición dado que el parásito solo era capaz de mantener el cuerpo durante unos cuantos días. La propagación de la infección está provocada por los huevos que el parásito deposita en la garganta del huésped de los que eclosionan en pocos minutos miles de larvas que aprovechan cualquier herida abierta, como por ejemplo un mordisco, para infectar a su vez a otras víctimas.
Alberto prefería la versión clásica de estos monstruos, no podía dejar de pensar en todas esas larvas minúsculas entrando en su cuerpo y abriéndose camino hasta su cerebro. Un escalofrío ascendió por su columna vertebral al volver a pensar en ello y cuando llegó hasta su cuello explotó iluminando el pinar que estaba viendo. Un hedor insoportable le abrazó revolviendole el estómago, cuando una docena de cuerpos semipodridos se abalanzó hacia ellos. Había visto suficiente, poniendo en práctica lo aprendido sobre sus capacidades premonitorias se concentró en tratar de ver de nuevo el mundo real, desconectando la visión del combate con los zombis. Aún no se había recuperado de la sensación de vértigo que le producía volver de una visión, pero en cuanto se vio capaz de hablar gritó a sus compañeros para que se preparasen.
Cuando los zombis se lanzaran a por el grupo de agentes fueron recibidos con disparos y chorros de una sustancias viscosa y adherente en llamas. Era la única forma de asegurar que ninguna de las pequeñas larvas escapaba, no podrían infectarles por los trajes con los que iban protegidos, pero la agencia no dejaba cabos sueltos.
El pueblo se consumía en un infierno de llamas avivadas por las capacidades de dos de los agentes que le acompañaban. Marcó un número en su teléfono móvil y esperó, cuando oyó que descolgaban dijo simplemente “terminado” y arrojó el terminal a las llamas que ya se extendían voraces por el bosque.
Lejos de ellos, escondido entre unos arbustos, un ser cuyo aspecto recordaba al de un cerdo observaba a los humanos con ojos vidriosos mientras diminutas larvas entraban y salían de su boca y hocico.
martes, 3 de junio de 2008
Primer día (continuación)
Capítulos anteriores:
Primer día
Alberto no tenía muy claro que pensar ante esta declaración, por increíble que le pareciese estaba claro que el bicho que había en la habitación contigua golpeando las paredes y cristal blindados no era “normal”, y también estaba el tema de las cosas que había descubierto que era capaz de hacer, tampoco eran “normales”.
Mientras pensaba en todo esto y trataba de apartar la mirada de aquel monstruo deforme, posó la vista sobre Emeterus y se percató de que había rasgos en él que no encajaban con un humano. Su pelo era demasiado tosco, asemejándose más a fibras vegetales que a cabellos, el tono de la piel era indefiniblemente extraño y en sus ojos había algo inquietante que no alcanzaba a discernir.
Apartó la vista y reparó por primera vez en el hombre que acompañaba a Emeterus, una mole de algo más de dos metros. No le dio tiempo a sorprenderse por su apariencia, descaradamente inhumana, porque en ese mismo instante la escena se desdibujó y sintió una sensación de vértigo que ya empezaba a hacerse habitual.
Abrió de nuevo los ojos y toda la sala parecía iluminada por una potente luz blanca, matizándose las formas tan solo con sombras grises y violetas. Observó como el monstruo contenido en la habitación contigua golpeaba salvajemente el cristal, vio como éste se hacia añicos y justo antes de que el enorme puño de la criatura impactase en la cara de Emeterus, volvió a oír voces y a sentir sus latidos retumbar en sus oídos.
No era la primera vez que le pasaba, y estaba preparado. Abrió los ojos para ver de nuevo la misma escena, esta vez con una coloración normal y con sonido. Mientras el monstruo destrozaba el cristal Alberto alzó su arma y descargó un disparo tras otro sobre su cabeza, sólo para comprobar que las balas no parecían afectarle lo mas mínimo. La bestia descargó un puñetazo contra Emeterus, el cual para asombro de Alberto detuvo el golpe con una sola mano, retorciendo de forma imposible el brazo de la criatura que sonó como un tronco seco tronzándose. El gorila que se encontraba al lado de Emeterus saltó sobre la espalda del troll y sujetando la cabeza del monstruo con ambas manos la retorció salvajemente, resonando el crujido en toda la sala mientras el cuerpo de la criatura se desplomaba.
Emeterus se acercó a el mientras se sacudía algunos trozos de cristal de su traje.
- Premoniciones. Una capacidad muy interesante y muy útil. Comprobarás que con algo de entrenamiento la precisión, duración y anticipación de tus visiones aumentará de forma espectacular. Reginald te enseñará esto y te acompañará a tu habitación. Bienvenido a bordo.
El nuevo agente acababa de salir por la puerta, con la sorpresa en su cara y un millón de dudas en la cabeza. Ah, la juventud, la inocencia, como añoraba todo eso Emeterus, siempre que llegaba uno de esos jóvenes muchachos los años parecían subirse a sus espaldas, pesándole como plomo.
El cuerpo del troll comenzó a moverse ligeramente.
- Marco, llévate a ese a una celda de contención, una de las de verdad. Después informa al enlace gubernamental de que el espécimen ha resultado ser demasiado peligroso y ha sido incinerado.
Como toneladas de plomo...
Primer día
Alberto no tenía muy claro que pensar ante esta declaración, por increíble que le pareciese estaba claro que el bicho que había en la habitación contigua golpeando las paredes y cristal blindados no era “normal”, y también estaba el tema de las cosas que había descubierto que era capaz de hacer, tampoco eran “normales”.
Mientras pensaba en todo esto y trataba de apartar la mirada de aquel monstruo deforme, posó la vista sobre Emeterus y se percató de que había rasgos en él que no encajaban con un humano. Su pelo era demasiado tosco, asemejándose más a fibras vegetales que a cabellos, el tono de la piel era indefiniblemente extraño y en sus ojos había algo inquietante que no alcanzaba a discernir.
Apartó la vista y reparó por primera vez en el hombre que acompañaba a Emeterus, una mole de algo más de dos metros. No le dio tiempo a sorprenderse por su apariencia, descaradamente inhumana, porque en ese mismo instante la escena se desdibujó y sintió una sensación de vértigo que ya empezaba a hacerse habitual.
Abrió de nuevo los ojos y toda la sala parecía iluminada por una potente luz blanca, matizándose las formas tan solo con sombras grises y violetas. Observó como el monstruo contenido en la habitación contigua golpeaba salvajemente el cristal, vio como éste se hacia añicos y justo antes de que el enorme puño de la criatura impactase en la cara de Emeterus, volvió a oír voces y a sentir sus latidos retumbar en sus oídos.
No era la primera vez que le pasaba, y estaba preparado. Abrió los ojos para ver de nuevo la misma escena, esta vez con una coloración normal y con sonido. Mientras el monstruo destrozaba el cristal Alberto alzó su arma y descargó un disparo tras otro sobre su cabeza, sólo para comprobar que las balas no parecían afectarle lo mas mínimo. La bestia descargó un puñetazo contra Emeterus, el cual para asombro de Alberto detuvo el golpe con una sola mano, retorciendo de forma imposible el brazo de la criatura que sonó como un tronco seco tronzándose. El gorila que se encontraba al lado de Emeterus saltó sobre la espalda del troll y sujetando la cabeza del monstruo con ambas manos la retorció salvajemente, resonando el crujido en toda la sala mientras el cuerpo de la criatura se desplomaba.
Emeterus se acercó a el mientras se sacudía algunos trozos de cristal de su traje.
- Premoniciones. Una capacidad muy interesante y muy útil. Comprobarás que con algo de entrenamiento la precisión, duración y anticipación de tus visiones aumentará de forma espectacular. Reginald te enseñará esto y te acompañará a tu habitación. Bienvenido a bordo.
El nuevo agente acababa de salir por la puerta, con la sorpresa en su cara y un millón de dudas en la cabeza. Ah, la juventud, la inocencia, como añoraba todo eso Emeterus, siempre que llegaba uno de esos jóvenes muchachos los años parecían subirse a sus espaldas, pesándole como plomo.
El cuerpo del troll comenzó a moverse ligeramente.
- Marco, llévate a ese a una celda de contención, una de las de verdad. Después informa al enlace gubernamental de que el espécimen ha resultado ser demasiado peligroso y ha sido incinerado.
Como toneladas de plomo...
miércoles, 21 de mayo de 2008
Primer día
Mientras el taxi se marchaba miraba confuso el trozo de papel donde había apuntado la dirección donde debía presentarse para su nuevo puesto. Sabía que la había cagado en su última misión, no entendía que le había pasado pero lo que importaba era que había mandado a la mierda una operación que el departamento de Inteligencia del Gobierno llevaba preparando un año.
Aún así esto le parecía excesivo, frente a él un edificio destartalado y mugriento se elevaba apenas cuatro plantas. Un cartel oxidado al lado de la puerta indicaba que se trataba de la Subdelegación del Gobierno para el control de animales y plantas perjudiciales. Era una tapadera, por supuesto, pero aquello era demasiado cutre, este destino era un castigo, sin duda.
Atravesó la puerta, que colgaba pesadamente de unas bisagras llenas de óxido y suciedad. El olor a humedad que se respiraba dentro encajaba perfectamente con el descuidado vestíbulo, al fondo del cual había una mesa en la que se podía leer RECEPCIÓN. La mujer que se sentaba en la mesa, que le pereció una severa institutriz solterona y amargada de unos doscientos años, le atravesó con una mirada de desprecio que paralizaba hasta el corazón. Avanzó con dificultad hasta ella y consiguió hablar con un hilo de voz.
- So... soy Alberto Hinojosa, te... tengo una cita con...
Miró el trozo de papel, pero no podía leer nada de lo que le temblaba la mano. Sin apartar ni un momento su aterradora mirada de él, la recepcionista señaló el ascensor a su izquierda.
- Sótano dos.
La voz de la mujer sonaba como un tenedor arañando una pizarra, Alberto sentía una presión insoportable en el pecho y se dirigió casi corriendo al ascensor, entró notando esos dos ojos clavándose en su espalda y pulsó nervioso el botón del sótano dos. Mientras bajaba la presión se fue relajando y para cuando las puertas se volvían a abrir estaba casi riéndose de la absurda paranoia que le había entrado arriba, los nervios se dijo.
Al abrirse las puertas un sonriente joven de veintipocos años le estaba esperando.
- Usted debe ser Alberto ¿no? ¡Genial! Si es tan amable de acompañarme iremos a ver al señor Emeterio inmediatamente. Le envía por adelantado sus disculpas, ha surgido un asunto urgente y no le recibirá en su despacho.
Caminaron por un largo pasillo, el joven tenía una conversación agradable y Alberto no se percató de que el pasillo que recorrían era mucho más largo que el tamaño del edificio de arriba. Finalmente llegaron a una puerta metálica de doble hoja tan desvencijada como todo lo demás y que sólo se identificaba por un desgastado número pintado sobre ella. Distraidamente y sin parar de hablar sobre la lluviosa primavera que estaba haciendo, el joven apoyó la mano en un punto de la pared, un breve brillo recorrió la mano y la puerta se abrió, dando paso a una pequeña sala forrada de acero con otra puerta al fondo, esta con un aspecto mucho más moderno.
Entraron en la sala y la primera puerta se cerró sin hacer ningún ruido, Alberto se dio cuenta de que por dentro parecía igual a la otra y que su grosor era de al menos medio metro. La segunda puerta se abrió sola y un brutal gruñido seguido del estruendo de enormes golpes le sobrecogió.
- No tenga miedo, todo está bajo control.
Ahora estaban en una sala mucho más grande, forrada completamente de acero y con un gran ventanal al fondo por el que estaban mirando dos hombres. Uno de ellos, de cabello largo y poco cuidado, se giró cuando entraron.
- Vaya, tu debes ser Alberto ¿no? Te estabamos esperando, te ruego que me disculpes por recibirte aquí, pero hemos tenido que atender un... imprevisto.
El hombre, que aparentaba unos cuarenta años y se movía de forma elegante señaló hacia el ventanal donde, para sorpresa de Alberto, un ser de unos tres metros, de aspecto deforme, unos brazos desmesuradamente grandes y una piel de aspecto similar a la corteza de un árbol verde golpeaba brutalmente las paredes mientras gritaba con una potencia sobrehumana.
- Bien, no nos vamos a andar con rodeos, mi nombre es Emeterus. Estás aquí porque últimamente has desarrollado ciertas... habilidades y, por si te lo preguntas, eso de ahí dentro es un troll.
Aún así esto le parecía excesivo, frente a él un edificio destartalado y mugriento se elevaba apenas cuatro plantas. Un cartel oxidado al lado de la puerta indicaba que se trataba de la Subdelegación del Gobierno para el control de animales y plantas perjudiciales. Era una tapadera, por supuesto, pero aquello era demasiado cutre, este destino era un castigo, sin duda.
Atravesó la puerta, que colgaba pesadamente de unas bisagras llenas de óxido y suciedad. El olor a humedad que se respiraba dentro encajaba perfectamente con el descuidado vestíbulo, al fondo del cual había una mesa en la que se podía leer RECEPCIÓN. La mujer que se sentaba en la mesa, que le pereció una severa institutriz solterona y amargada de unos doscientos años, le atravesó con una mirada de desprecio que paralizaba hasta el corazón. Avanzó con dificultad hasta ella y consiguió hablar con un hilo de voz.
- So... soy Alberto Hinojosa, te... tengo una cita con...
Miró el trozo de papel, pero no podía leer nada de lo que le temblaba la mano. Sin apartar ni un momento su aterradora mirada de él, la recepcionista señaló el ascensor a su izquierda.
- Sótano dos.
La voz de la mujer sonaba como un tenedor arañando una pizarra, Alberto sentía una presión insoportable en el pecho y se dirigió casi corriendo al ascensor, entró notando esos dos ojos clavándose en su espalda y pulsó nervioso el botón del sótano dos. Mientras bajaba la presión se fue relajando y para cuando las puertas se volvían a abrir estaba casi riéndose de la absurda paranoia que le había entrado arriba, los nervios se dijo.
Al abrirse las puertas un sonriente joven de veintipocos años le estaba esperando.
- Usted debe ser Alberto ¿no? ¡Genial! Si es tan amable de acompañarme iremos a ver al señor Emeterio inmediatamente. Le envía por adelantado sus disculpas, ha surgido un asunto urgente y no le recibirá en su despacho.
Caminaron por un largo pasillo, el joven tenía una conversación agradable y Alberto no se percató de que el pasillo que recorrían era mucho más largo que el tamaño del edificio de arriba. Finalmente llegaron a una puerta metálica de doble hoja tan desvencijada como todo lo demás y que sólo se identificaba por un desgastado número pintado sobre ella. Distraidamente y sin parar de hablar sobre la lluviosa primavera que estaba haciendo, el joven apoyó la mano en un punto de la pared, un breve brillo recorrió la mano y la puerta se abrió, dando paso a una pequeña sala forrada de acero con otra puerta al fondo, esta con un aspecto mucho más moderno.
Entraron en la sala y la primera puerta se cerró sin hacer ningún ruido, Alberto se dio cuenta de que por dentro parecía igual a la otra y que su grosor era de al menos medio metro. La segunda puerta se abrió sola y un brutal gruñido seguido del estruendo de enormes golpes le sobrecogió.
- No tenga miedo, todo está bajo control.
Ahora estaban en una sala mucho más grande, forrada completamente de acero y con un gran ventanal al fondo por el que estaban mirando dos hombres. Uno de ellos, de cabello largo y poco cuidado, se giró cuando entraron.
- Vaya, tu debes ser Alberto ¿no? Te estabamos esperando, te ruego que me disculpes por recibirte aquí, pero hemos tenido que atender un... imprevisto.
El hombre, que aparentaba unos cuarenta años y se movía de forma elegante señaló hacia el ventanal donde, para sorpresa de Alberto, un ser de unos tres metros, de aspecto deforme, unos brazos desmesuradamente grandes y una piel de aspecto similar a la corteza de un árbol verde golpeaba brutalmente las paredes mientras gritaba con una potencia sobrehumana.
- Bien, no nos vamos a andar con rodeos, mi nombre es Emeterus. Estás aquí porque últimamente has desarrollado ciertas... habilidades y, por si te lo preguntas, eso de ahí dentro es un troll.
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