Mostrando entradas con la etiqueta cuentos de hadas grises. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos de hadas grises. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de enero de 2008

Juguetes

Érase una vez un niño que tenía un juguete con el que era muy feliz, se pasaba todo el día jugando con el, imaginando mil historias y riendo continuamente.

Un día, el juguete se rompió. No fue por nada concreto, simplemente se rompió. Su madre le dijo que había sido porque el juguete era de mala calidad, algunos niños le dijeron que era culpa suya. Pero eso a el le daba igual, solo podía pensar en su juguete roto. Lloró, de forma inconsolable, continua, iba a todas partes con el juguete roto en sus manitas, sin querer admitir lo que había pasado.

Un día, mientras deambulaba sollozando, se tropezó con algo. Miró al suelo y vio una pequeña pelota de colores. Con una sonrisa floreciendo en sus labios, dio una suave patada a la pelota, ésta rodó tímidamente emitiendo un alegre sonido con los cascabeles que tenía dentro.

Desde ese día el niño iba a todos lados dando patadas a la pelota, jugaba con ella a todas horas, riendo mientras la perseguía para volver a empujarla. Pero siempre, siempre, llevaba su viejo juguete roto en las manos. Todos le decían que dejase su juguete, que ya no servía de nada y que con las manos libres podría coger la pelota y jugar mucho más con ella. Pero el nunca soltó su viejo juguete, ni siquiera cuando se hirió una manita con el. A veces dejaba de jugar con la pelota y lloraba mirando con tristeza su viejo juguete.

Un día, mientras jugaba con la pelota, se distrajo con el juguete roto y se tropezó. Cayó al suelo y cuando levantó la vista buscando la pelota no la vió. Se levantó olvidando la caída y buscó por los alrededores pero, por increíble que parezca, nunca volvió a encontrar aquella pelota de colores de alegres cascabeles.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Érase una vez

Un joven paseaba una tarde de verano cuando vio a una anciana sentada en una piedra al borde del camino. Esta mujer dijo ser una poderosa bruja, capaz de desentrañar los misterios de tiempos pasados y futuros.
El muchacho rió incrédulo instando a la adivina a que si tales eran sus dones le revelase cómo y cuando le visitaría la Dama de la Guadaña. Díjole la mujer que ese conocimiento no hacía bien a persona alguna y que sólo traería desdicha a su vida. El joven insistiole afirmando que no se lo decía por no ser más que una charlatana. Ante estas palabras el rostro de la anciana se contrajo con ira y con poderosa voz afirmó:

Hallarás la muerte con tu cuerpo emponzoñado
gracias a la estupidez que has demostrado

El muchacho río arrogante, teniendo su risa más de miedo que de diversión. Mas, cuando su vista bajó de nuevo encontrose en la piedra no a la anciana sino el escamoso cuerpo y funesta mirada de una víbora, rastrero animal instigador del Pecado. Con un grito de puro terror muriendo en su garganta anudada, el joven corrió todo lo que pudo, no deteniéndose hasta llegar a su hogar.
Los años florecieron y se marchitaron uno tras otro y aquel joven, ahora respetable caballero, pasó sus días temiendo el siseo nocturno de quimeras serpentinas y a los imaginarios escorpiones de sus botas.
Hasta que un día de invierno, en una de las escasas fiestas a las que asistía, el desdichado hombre conoció a una bella joven de piel broncínea, mirada inteligente y risa cristalina. Enamorose al instante de aquel hermoso ser y llenose su corazón de una alegría hace mucho olvidada cuando tras un breve cortejo consiguió compartir una noche insomne con la muchacha. Está alegría se empañó cuando la joven le susurró:

Una vez mi alas hirieron tratando de enjaularme
necesito pues volar libre hasta poder curarme

Pretendió el hombre poder disfrutar de su felicidad sin asfixiarla, mas sus muchos temores e inseguridades trataran de encadenar el amor de la doncella. Mas no se pueden encadenar las fantasías y una vez más, nuestro protagonista volvió a caer en la desdicha. Siguió amando a la hermosa joven, arrepintiéndose de su estupidez. Un día, encontrose con la muchacha del brazo de un apuesto caballero. La envidia y los celos rompieron su triste corazón, y aquella misma noche buscó a los amantes con lágrimas en sus ojos, locura en su mente y acero en su mano.

¡Con tus mentiras y sonrisas me embrujaste!
¡¡Serás mía, o de nadie!!

Tras huir de su miserable crimen, encerrose en sí mismo el hombre para atormentarse. Muchos años después, viejo, huraño y enfermo, agonizaba con el único consuelo de no haber muerto por veneno alguno como aquella charlatana profetizase. Sin embargo, al recordar en aquel su postrero delirio a la única mujer que jamás amase, vio por fin que se encontraba en verdad emponzoñado por amargura, envidia y arrepentimiento, gracias a la estupidez que siempre demostrase.

jueves, 16 de agosto de 2007

Cuento de hadas

En un claro del bosque un pequeño duende estaba sentado encima de un roca. Hablaba sin cesar, a las piedras, que eran las únicas que le seguían escuchando. El discurso del duende era triste, aunque su cara tuviese una expresión jovial, se sentía solo y, aunque no era capaz de parar, su discurso sin oyentes le amargaba.

Cuando se callaba era peor, un silencio sepulcral se apoderaba de su claro y le recordaba que si no había nadie allí, era por su culpa. Antes tenía muchos amigos pero poco a poco todos se cansaron de las estupideces a las que daba importancia exagerada y los asuntos importantes que desechaba como banales. Entonces se dio cuenta de que estaba solo y poco a poco su discurso se tornó en una colección de lamentos y autocompasión. Lentamente se fue sumiendo en un oscuro pozo de desesperación.

Una mañana llegó a la conclusión de que debía poner remedio a su situación, pasó todo el día pensando la mejor forma de enfrentarse a su problema y se fue a dormir con el estómago lleno de nerviosas mariposas.

Al amanecer del siguiente día, el duende sonreía al Sol desde la rama del pequeño arbol donde una soga soportaba ahora todo el peso de sus errores. Solo.